«Los justos vivirán.» Por entre todas las cosas no hay nada tan querido y tan apetecible como la vida. Y, por otra parte, no hay ninguna vida tan mala ni onerosa que el hombre, pese a todo, no quiera vivir. Dice un escrito: Cuanto más cerca se halla una cosa de la muerte, tanto más apenada está. No importa lo mala que sea la vida, quiere vivir, no obstante. ¿Por qué comes? ¿Por qué duermes? Para que vivas. ¿Por qué apeteces bienes u honores? Lo sabes muy bien. Pero ¿por qué vives? Por la vida y, sin embargo, no sabes por qué vives. La vida en sí es tan apetecible que uno la apetece a causa de ella misma. Quienes están en el infierno, ( sufriendo ) la pena eterna, no quisieran perder su vida, ni los diablos ni las almas, porque su vida es tan noble que fluye de Dios al alma sin mediador alguno. Como fluye tan inmediatamente de Dios, por eso quieren vivir. ¿Qué es la vida? El ser de Dios es mi vida. Entonces, si mi vida es el ser de Dios, el ser de Dios ha de ser mío y la esencia primigenia de Dios mi esencia primigenia, ni más ni menos.
Ellos viven eternamente «con Dios», de modo exactamente igual con Dios, ni por debajo ni por encima. Hacen todas sus obras con Dios y Dios ( las hace ) con ellos. Dice San Juan: «El Verbo estaba con Dios» ( Juan 1, 1 ). Era completamente igual y estaba a su lado, ni por debajo ni por encima, sino que ( era ) igual. Cuando Dios creó al hombre, creó a la mujer del costado del hombre para que le fuera igual. No la creó ni de la cabeza ni de los pies, para que no fuera para él ni mujer ni hombre, sino que fuese igual. Así también el alma justa ha de ser igual, junto con Dios y al lado de Dios, exactamente igual, ni por debajo ni por encima.
¿Quiénes son los que de tal manera son iguales? Quienes no se igualan a nada, sólo ésos son iguales a Dios. El ser divino no se iguala a nada; en Él no hay ni imagen ni forma. A las almas que se ( le ) igualan de tal modo, el Padre les da en forma igual y no les escatima nada. Cuanto el Padre es capaz de hacer, lo da a esta alma de modo igual, por cierto, siempre y cuando ella no se asemeje más a sí misma que a otra persona, y no ha de hallarse más cerca de sí misma que de otro. Su propio honor, su provecho y cualquier cosa suya, no los debe apetecer más ni prestarles mayor atención que a los de un forastero. Cualquier cosa -ya sea buena, ya sea mala- que pertenezca a alguien no le ha de resultar ni ajena ni alejada. Todo el amor de este mundo está erigido sobre el amor propio. Si hubieras renunciado a este último, habrías renunciado al mundo entero.
El Padre engendra a su Hijo en la eternidad como igual a sí mismo. «El Verbo estaba con Dios y Dios era el Verbo»: era lo mismo en la misma naturaleza. Digo además: Lo ha engendrado en mi alma. Ella no sólo está con Él y Él con ella como iguales, sino que se halla dentro de ella, y el Padre engendra a su Hijo dentro del alma de la misma manera que lo engendra en la eternidad, y no de otro modo. Tiene que hacerlo, le agrade o le disguste. El Padre engendra a su Hijo sin cesar, y yo digo más aún: Me engendra a mí como su hijo y como el mismo Hijo. Digo más todavía: Me engendra no sólo como su hijo; me engendra a mí como ( si yo fuera ) Él, y a sí como ( si fuera ) yo, y a mí como su ser y su naturaleza. En el manantial más íntimo broto yo del Espíritu Santo; allí hay una sola vida y un solo ser y una sola obra. Todo cuanto obra Dios es uno; por eso me engendra como hijo suyo sin ninguna diferencia. Mi padre carnal no es mi padre propiamente dicho, sino ( que lo es ) solamente con un pequeño pedacito de su naturaleza y yo estoy separado de él; él puede estar muerto y yo ( puedo ) vivir. Por eso, el Padre celestial es de veras mi Padre, porque soy su hijo y tengo de Él todo cuanto poseo, y soy el mismo hijo y no otro. Como el Padre no hace sino una sola obra, por eso hace de mí su hijo unigénito, sin ninguna diferencia.
«Seremos transformados y transfigurados totalmente en Dios» ( Cfr. 2 Cor. 3, 18 ). ¡Escucha un símil! ( Sucede ) exactamente del mismo modo que cuando en el Sacramento el pan se transforma en el Cuerpo de Nuestro Señor; cualquiera sea el número de panes, se transforman en un solo cuerpo. Igualmente, si todos los panes fueran transformados en mi dedo, no habría más que un solo dedo. Luego, si mi dedo fuera transformado ( otra vez ) en pan, éste sería tanto como aquél. La cosa que se transforma en otra, llega a ser una sola con ella. Exactamente de la misma manera soy transformado en Él, de modo que Él me convierte en ser suyo ( y esto ) como uno ( y ) no igual; por Dios vivo, es verdad que no existe distinción alguna.
El Padre engendra a su Hijo sin cesar. Cuando el Hijo ha nacido, ( ya ) no toma nada del Padre porque lo tiene todo; pero cuando nace, toma del Padre. Con miras a ello, tampoco debemos desear nada de Dios como si fuera un extraño. Nuestro Señor dijo a sus discípulos: «No os he llamado siervos sino amigos» ( Cfr. Juan 15, 14 ss. ). Quien pide algo de otro es «siervo» y quien paga es «señor». El otro día reflexioné sobre si quería tomar o pedir alguna cosa de Dios. Lo pensaré dos veces, pues si aceptara algo de Dios, me hallaría por debajo de Él como un «siervo» y Él, al dar, ( sería ) un «señor». ( Pero ) así no ha de ser con nosotros en la vida eterna.
Dije una vez en este mismo lugar y sigue siendo verdad: Cuando el hombre atrae o toma algo ( que se halla ) fuera de él, procede mal. Uno no debe tomar ni mirar a Dios como ( si estuviera ) fuera de uno mismo, sino ( que lo debe tomar y ver ) como propiedad y como algo que se halla dentro de mí; además, no se ha de servir ni obrar a causa de ningún porqué, ni por la gloria de Dios ni por el propio ( honor ), ni por cosa alguna que se halle fuera de uno, sino únicamente a causa de lo que son el propio ser y la propia vida dentro de uno. Algunas personas bobas opinan que deberían ver a Dios como si estuviera allá y ellas acá. No es así, Dios y yo somos uno. Mediante el conocimiento acojo a Dios dentro de mí; ( y ) mediante el amor me adentro en Dios. Hay quienes dicen que la bienaventuranza no depende del conocimiento sino solamente de la voluntad. Se equivocan; pues, si dependiera únicamente de la voluntad no sería una sola cosa. ( Mas ) el obrar y el devenir son una sola cosa. Cuando el carpintero no opera, tampoco se hace la casa. Donde descansa el hacha, descansa también el devenir. Dios y yo somos uno en semejante obrar; Él obra y yo llego a ser. El fuego transforma en sí cuanto se le agrega, y ( esto ) se convierte en su naturaleza ( del fuego ). No es la leña la que transforma en sí el fuego, sino que el fuego transforma en sí la leña. Así también seremos transformados en Dios para que lo conozcamos tal como es ( Cfr. 1 Juan 3, 2 ). Dice San Pablo: Así conoceremos: yo ( lo conoceré ) exactamente lo mismo que de Él soy conocido, ni más ni menos, simplemente igual ( Cfr. 1 Cor. 13, 12 ). «Los justos vivirán eternamente y su recompensa está con Dios» exactamente igual.
Que Dios nos ayude para que amemos a la justicia por ella misma y a Dios sin porqué. Amén.