— En séptimo término, el ojo ve pequeño lo que en realidad es grande; percibe el sol como teniendo la dimensión de un rulo, y las estrellas bajo el aspecto de monedas desparramadas sobre un tapiz azul.
Sin embargo, el intelecto sabe que las estrellas y el sol son cien veces más grandes que la tierra. El ojo ve inmóviles a las estrellas y del mismo modo ve las sombras frente a él; tampoco ve, en lo inmediato, al niño en su proceso de crecimiento, mientras que el intelecto comprende que la talla de este niño aumenta y que su crecimiento continúa, que las sombras se mueven constantemente y que en un instante las estrellas recorren un número muy considerable de millas. Es así que el Profeta, habiendo preguntado a Gabriel si el sol había pasado el meridiano y habiéndole respondido el ángel "no y sí", le pregunta "¿cómo puede ser esto?" y Gabriel le responde: "Entre el momento en el que yo he pronunciado no y en el otro en el que he pronunciado sí, ha recorrido la distancia de cien años". Los errores cometidos por la vista son múltiples. El intelecto escapa de ellos. Si tú objetas el hecho de que gente inteligente se equivoca, yo te responderé que ellos toman por juicios del intelecto lo que solamente es imaginación, conjetura o creencia. Sábelo. A ellos deben imputarse las faltas. Hemos tratado de todos estos errores en nuestras obras tituladas El Criterio del conocimiento (Mi'yar al-Im) y la Piedra de toque de la reflexión (Mihakk al-nazhar)
Cuando el intelecto se libra de los velos de la conjetura y de la imaginación, lo que resulta muy difícil, no debemos creer que se equivoca. Solamente después de la muerte se librará de estas naturales tendencias. Entonces los velos se caerán y los secretos aparecerán con claridad. Cada uno de nosotros encontrará presente lo que ha hecho de bien o de mal,-y verá un Libro "que no omitirá ninguna mala acción, grande o pequeña". Y le será dicho: "Te hemos quitado tu velo, y ahora tu vista es penetrante". Este velo es, entre otras cosas, el de la imaginación y la conjetura. En este momento, quien haya abusado de conjeturas, creencias malas y de ilusorias imaginaciones gritará: "Nuestro Señor «¡Haznos retornar (a la tierra)! ¡Nosotros pensaremos bien!
Después de haber sabido, por lo que precede, que el ojo merece en mayor medida el nombre "luz" que lo que habitualmente se llama así, comprenderás que el intelecto es más digno de este nombre que el ojo. En verdad, hay tan grande diferencia entre los dos, que sería más exacto decir que el único digno y el único con este derecho, es el intelecto.