Título original francés: L’ÉSOTÉRISME, Presses Universitaires de France, París, 1965
Traducido por FRANCISCO GARCIA BAZAN, Editorial Nova, Buenos Aires, 1967
A lo largo del siglo clásico y del siglo de las Luces, una cadena secreta de espirituales, si no de iniciados, relaciona a los platónicos del Renacimiento, Marsilio Ficino, Pico de la Mirándola, Bruno y Campanella al primer movimiento romántico. La índole de los hombres que forman esta cadena no es siempre reconocible, en oportunidades es dudosa. El humanismo de los siglos XVII y XVIII es muy inferior al del siglo XVI. El hombre de corte no es más un «microcosmo", sino un escéptico. El romanticismo reaccionó contra este racionalismo y el ateísmo revolucionario que fue su heredero.
En Francia, la renovación del sentimiento religioso y de las tradiciones reencontró sus teóricos en los “profetas del pasado”, Bonald, J. de Maistre y L. C. de Saint-Martín. En Alemania provocó en la Masonería la creación de una jerarquía de altos grados a imitación de las órdenes de caballería. El rito templario de la Estricta Observancia se fundó en 1754 por el barón de Hundt a quien la grandeza de la Alemania Medieval traía nostalgias del Santo Imperio. Por la misma época, en Lyon, un masón de origen español, Martínez de Pasqually, fundaba el rito de los Elegidos Coëns para poner en práctica los procedimientos de realización expuestos en su Tratado de la reintegración de los seres. Después de la partida del maestro para las Antillas, dos de su discípulos, L. C. de Saint-Martin y Willermoz elaboraron en los conventos de Lyon y de Wilhelmsbad (1782) las constituciones de un Régimen Escocés Rectificado, reconocido por el Gran Oriente y que transformaba y unía a los Elegidos Coëns y a la Estricta Observancia.
La figura más notable del nuevo régimen fue en realidad el conde J. de Maistre. Masón a los veintiún años, gran orador y profeso, llegó a ser pronto, como el emperador Alejandro I, caballero benefactor de la Ciudad Santa, último grado del régimen escocés rectificado. Como católico intransigente, autor del tratado Del Papa, declaraba que "el Cristianismo de los primeros tiempos era una verdadera iniciación" y replicaba a sus refutadores que "lo que es claro para los adeptos es ininteligible para los demás hombres". Con anterioridad a Bonald y a sus numerosos émulos, fue el jefe de la escuela tradicionalista francesa, primera manifestación del romanticismo, pero era demasiado humanista a la francesa para que su influencia se ejerciera sobre una Europa dominada a la sazón por el espíritu alemán. Por contraste con él, su amigo Saint-Martín, más místico que iniciado, admirador de Boehme y de Swedenborg, fue muy leído en Alemania, en donde Herder, desde 1773 había comenzado a rehabilitar a la Edad Media. Otros protestantes, Hamann, el mago del Norte, Starck, Jacobi, se oponían también a los racionalismos seguidos por los católicos o simpatizantes como F. von Baader, Z. Werner F. von Schlegel y sus amigos Novalis, Tieck y Schelling. Todos ellos se remitían a la gran tradición alemana de Eckhart y Boehme, la del concepto de Totalidad según el cual el Universo sólo puede tener un significado. El simbolismo analógico, descartado por el cartesianismo, volvía a tomar vida gracias a Creuzer, Goerres y Brentano. La subida de la renovación católica, su fusión con lo germánico se realizaba en honor del Santo Imperio considerado como la forma más perfecta del equilibrio entre los poderes espiritual y temporal. La idea directora de la élite, en esta Alemania romántica, era la regeneración de la humanidad gracias a una asociación oculta de pensadores e iniciados. Novalis publicó en tal sentido un manifiesto, Europa o la Cristiandad (1799), en el que atacaba al luteranismo culpable de haber empobrecido la ideología cristiana reducida a la literalidad de la Biblia y de haber roto la unidad europea. Al racionalismo estrecho de los filósofos del romanticismo, opuso el sentido del misterio. Éste aparece como el animador de una espiritualidad ahora renaciente y todavía desconocida.