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Douto

CONHECIMENTOSABER — LITERATO



René Guénon: CONHECIMENTO INICIÁTICO

Con esto se puede explicar fácilmente un hecho que hemos tenido frecuentemente la ocasión de constatar en lo que concierne a las gentes llamadas «cultivadas»; se sabe lo que se entiende comúnmente por esta palabra: en eso ya no se trata siquiera de una instrucción, por poco sólida que sea, por limitado y por inferior que sea su alcance, sino de un «tinte» superficial de toda suerte de cosas, de una educación sobre todo «literaria», en todo caso puramente libresca y verbal, que permite hablar con seguridad de todo, comprendiendo ahí lo que se ignora más completamente, y que es susceptible de ilusionar a aquellos que, seducidos por estas brillantes apariencias, no se dan cuenta de que no recubren más que la nada pura y simple. Esta «cultura» produce generalmente, a un nivel diferente, efectos bastante comparables a los que recordábamos hace un momento sobre el tema de la instrucción primaria; hay ciertamente excepciones, ya que puede ocurrir que el que ha recibido una tal «cultura» esté dotado de disposiciones naturales suficientemente afortunadas como para no apreciarla más que en su justo valor y como para no estar él mismo engañado; pero no exageramos nada al decir que, fuera de estas excepciones, la gran mayoría de las gentes «cultivadas» deben ser contadas entre aquellos cuyo estado mental es el más desfavorable para la recepción del verdadero conocimiento. Frente a éste, hay en ellos una suerte de resistencia frecuentemente inconsciente, y a veces también querida; ¡aquellos mismos que, tomando partido y a priori, no niegan formalmente todo lo que es de orden esotérico o iniciático, dan testimonio al menos a este respecto de una falta de interés completo, y ocurre incluso que afecten vanagloriarse de su ignorancia de estas cosas, como si esa ignorancia fuera a sus propios ojos una de las marcas de la superioridad que su «cultura» tiene la reputación de conferirles! Qué no se crea que, por nuestra parte, hay en esto la menor intención caricatural; no hacemos más que decir exactamente lo que hemos visto en muchas circunstancias, no solo en occidente, sino incluso en oriente, donde, por lo demás, este tipo de hombre «cultivado» tiene felizmente bastante poca importancia, al no haber hecho su aparición sino muy recientemente y como producto de una cierta educación «occidentalizada», de donde resulta, lo anotamos de pasada, que este hombre «cultivado» es necesariamente y al mismo tiempo un «modernista» 1 . La conclusión que hay que sacar de esto, es que las gentes de este tipo son simplemente los menos «iniciables» de los profanos, y que sería perfectamente irracional tener en cuenta su opinión, aunque no fuera más que para intentar adaptar a ella la presentación de algunas ideas; por lo demás, conviene agregar que la preocupación por la «opinión pública» en general es una actitud tan «antiiniciática» como es posible.

En esta ocasión, debemos precisar aún otro punto que se vincula estrechamente a estas consideraciones: es que todo conocimiento exclusivamente «libresco» no tiene nada en común con el conocimiento iniciático, considerado incluso en su estado simplemente teórico. Eso puede parecer evidente incluso después de lo que acabamos de decir, ya que todo lo que no es más que estudio libresco forma parte incontestablemente de la educación más exterior; si insistimos en ello, es porque alguien podría equivocarse en el caso donde este estudio recae en libros cuyo contenido es de orden iniciático. Aquel que lee tales libros a la manera de las gentes «cultivadas», o incluso aquel que los estudia a la manera de los «eruditos» y según los métodos profanos, no estará por eso más cerca del verdadero conocimiento, porque aporta disposiciones que no le permiten penetrar su sentido real ni asimilársele a un grado cualquiera; el ejemplo de los orientalistas, con la incomprehensión total de la que hacen generalmente prueba, es una ilustración de ello particularmente llamativa. Es muy diferente el caso de aquel que, tomando estos mismos libros como «soportes» de su trabajo interior, lo que es el papel al que están destinados esencialmente, sabe ver más allá de las palabras y encuentra en éstos una ocasión y un punto de apoyo para el desarrollo de sus propias posibilidades; aquí, volvemos en suma al uso propiamente simbólico del que el lenguaje es susceptible, y del que ya hemos hablado precedentemente. Esto, se comprenderá sin esfuerzo, ya no tiene nada en común con el simple estudio libresco, aunque los libros estén en su punto de partida; el hecho de amontonar en la memoria nociones verbales no aporta siquiera la sombra de un conocimiento real; únicamente cuenta la penetración del «espíritu» envuelto bajo las formas exteriores, penetración que supone que el ser lleva en sí mismo las posibilidades correspondientes, puesto que todo conocimiento es esencialmente identificación; y, sin esta cualificación inherente a la naturaleza misma de ese ser, las expresiones más altas del conocimiento iniciático, en la medida en que es expresable, y las Escrituras sagradas mismas de todas las tradiciones, no serán nunca más que «letra muerta» y flatus vocis.


NOTAS:
1 Sobre las relaciones de este «modernismo» con la oposición a todo esoterismo, ver EL REINO DE LA CANTIDAD Y LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS, cap. XI.