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Fadas

SimbolismoPersonagens – Fadas


C.S.Lewis: A Imagem do Mundo
A las hadas se las «encuentra en pleno bosque». Encontrar es la palabra clave. No se trata de un encuentro accidental. Han llegado hasta nosotros y sus intenciones suelen ser (aunque no siempre) amorosas. Son las fées de las narraciones francesas, las fays de las inglesas, las fate de las italianas. La amante de Launfal, la dama que secuestró a Thomas the Rymer, los duendes de Orfeo, Barcilak de Gawain (que recibe el nombre de alvish man en el verso 681) pertenecen a ese tipo. Morgan le Faij de Malory está humanizada; su equivalente italiana, Fata Morgana, es una duende enteramente. Merlín — que es sólo a medias humano por la sangre y nunca aparece practicando la magia como un arte — casi pertenece a dicho tipo. Suelen ser por lo menos de estatura humana normal. La excepción es Oberón de Huon of Bordeaux, que es enano, pero por su belleza, seriedad y carácter casi divino debemos clasificarlo entre los (llamémoslos así) duendes superiores.

Dichos duendes superiores ostentan una combinación de características que nos resultan difíciles de asimilar.

Por una parte, siempre que encontramos una descripción de ellos, nos sorprende su esplendor, sólido, brillante y profundamente material. Podemos empezar con un duende, no real, sino que simplemente parecía, por su aspecto, proceder de fairie («reino de los duendes»). Se trata del joven donjuán de Gower (V. 7 073). Lleva su rizado pelo bien peinado y va coronado con una guirnalda de hojas verdes; en una palabra, «muy acicalado». Pero los duendes superiores propiamente dichos lo están mucho más. Donde un moderno esperaría lo misterioso y tenebroso, encuentra el esplendor de la riqueza y el lujo. El rey duende de Sir Orfeo llega con más de cien caballeros y damas montados en caballos blancos. Su corona se compone de una sola gema enorme y tan brillante como el Sol (142-52). Cuando lo seguimos hasta su país, no encontramos en éste cosa tenebrosa o irreal alguna; encontramos un castillo que resplandece como el cristal, cien torres, un foso, arbotantes de oro, ricas esculturas (355 y ss.). En Thomas the Rymer lleva seda verde y una capa de terciopelo y las crines de su caballo tintinean con cincuenta y nueve campanillas de plata. En Gawain aparecen descritos con prolijidad casi repelente los costosos trajes y pertrechos de Barcilak (151-220). El duende de Sir Launfal ha vestido a todas sus doncellas con las Inde sandel («sandalias de la India»), terciopelo verde bordado en oro y guirnaldas que llevan sesenta piedras preciosas cada una (232-9). Su tienda es de estilo sarraceno, las borlas de sus montantes son de cristal y toda ella está coronada por un águila de oro, tan adornada con emaltes y rubíes, que ni Alejandro ni Arturo poseyeron nada tan precioso (266-76).

Podemos suponer cierta vulgaridad imaginativa en todo eso: como si ser un duende superior equivaliese a ser un nuevo rico. Evidentemente, no mejoramos la situación al recordar que el cielo y los santos muchas veces se describían en términos muy parecidos. No hay duda de que es naif; pero la acusación de vulgaridad quizá constituya un error. En el mundo moderno, el lujo y el esplendor material no necesitan ir unidos a otra cosa que al dinero, y además, en la mayoría de los casos, son muy feos. Pero lo que el hombre medieval veía en las cortes reales y feudales, e imaginaba superado en faerie («el país de los duendes») y más todavía en el cielo, no lo era. La arquitectura, las armas, las coronas, los vestidos, los caballos y la música eran bellos casi sin excepción. Todos ellos eran simbólicos y significativos : de la santidad, de la autoridad, del valor, de la nobleza o, en el peor de los casos, del poder. Iban acompañados — cosa que no ocurre con el lujo moderno — de gracia y cortesía. Por tanto, se los podía admirar ingenuamente sin que ello degradase al admirador.

Así, que ésa es una de las características de los duendes superiores. Pero, a pesar de dicho esplendor material, que se nos muestra a plena luz y con un detallismo fotográfico, pueden ser tan escurridizos como esos Faery Elves que se vislumbran por un instante bailando «en un rincón del bosque o junto a una fuente». Orfeo espera al rey de los duendes con una guardia de cien caballeros, pero de nada sirve. Raptan a su mujer y nadie puede ver cómo: with fairi forth ynome («raptada por los duendes») y man wist never wher she was bicorne («nadie supo nunca qué fue de ella») [193-4]. Antes de que volvamos a ver a los duendes en su propio país, se han transformado en «un silbido y un griterío tenues» que se oyen en la lejanía de los bosques. Launfal solamente puede encontrarse con su amante en secreto, en derne stede; allí se le aparece, pero nadie la verá llegar (353 y ss.).

Pero, cuando ya está allí, es claramente de carne y hueso. Los duendes superiores son seres vitales, enérgicos, testarudos y apasionados. El hada de Launfal está tumbada en su rica tienda, desnuda de cintura para arriba, blanca como un lirio, roja como una rosa. Sus primeras palabras son para requerirlo de amores. Sigue una comida excelente, y después a la cama (289-348). El hada de Thomas the Ryper se muestra, dentro de la brevedad que permite una balada, como una criatura agitada y juguetona, a lady gay come out to hunt in her follee. Barcilak es el mejor de todos por su mezcla de ferocidad y cordialidad, su dominio absoluto de todas las situaciones, su impulsiva alegría. Dos descripciones de duendes — una anterior a la otra — se acercan más a los duendes superiores de la Edad Media que nada de lo que nuestras imaginaciones pudieran crear. A nosotros la expresión duende alborotador nos parecería una especie de oxímoron. Pero Robert Kirk en su Secret Commonwealth (1691) llama a algunos de ellos «bravos como hombres intrépidos y furiosos».

Y un poeta irlandés antiguo los describe como batallones de enemigos que devastan toda tierra que atacan, grandes asesinos, ruidosos en la taberna, cantarines.1 Podemos imaginar al rey duende de Sir Orfeo o a Barcilak sintiéndose como en familia con ellos.

Si hemos de llamar a los duendes superiores «espíritus» en sentido alguno, debemos tener presente constantemente el aviso de Blake de que «un espíritu y una visión no son, como la filosofía moderna supone, un vapor semejante a una nube o una insignificancia; están organizados y articulados minuciosamente y mejor que todo lo que pueda producir la naturaleza mortal y perecedera».2 Y si los llamamos «sobrenaturales», debemos saber con claridad qué queremos decir. En cierto sentido, su vida es más natural — más sana, más despreocupada, menos inhibida, más orgullosa y libre en su apasionamiento — que la nuestra. No están sujetos a la perpetua esclavitud de los animales con respecto a la comida, la defensa y la procreación, ni a las responsabilidades, vergüenzas, escrúpulos y melancolía del hombre. Quizá tampoco a la muerte; pero de eso hablaremos más adelante.


NOTAS:
1 Véase L. Abercrombie, Romanticism (1926), p. 53.
2 Descriptive Catalogue, IV.



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