Criação do Homem em Justino
A fiarnos de los dos pasajes de San Justino, alusivos a las noticias escriturarias1 , en respuesta a la decisión de Gen 1,26: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza...», vino el hombre, compuesto de elementos materiales, o bien el cuerpo humano; obra no de ángeles, sino de personas divinas.
El fragmento De resurrectione lo confirma de forma apodíctica:
San Justino salta de un verso a otro, descubriendo en la plasis del hombre terreno el cumplimiento del designio divino sobre el h. 'a imagen y semejanza'. Ambas noticias bíblicas se completan. Hay una sola creación, un hombre único.
En consecuencia, tampoco ve el Santo distinción alguna entre los dos verbos — hacer (poiein) y plasmar (plassein) — ni entre los sustantivos correspondientes (poiema, plasma). A la forma verbal 'hagamos un hombre a imagen...' responde el hombre 'modelado a imagen de Dios'.
Leyendo el propósito de las divinas personas, habría podido entenderse que Dios no pretendía crear el hombre sino plasmándole directamente del barro de la tierra. Sin preámbulo alguno ni interés sobre el alma, proyectaba mediante la plasis su primera idea del anthropos; el cual, antes que soplo, era cuerpo configurado de tierra. Hacer y plasmar coincidían, por tratarse del hombre. Lo que no hubiera ocurrido, v.gr., con los ángeles.
Tal filosofía se encubre parecidamente en la ps. justiniana 'Cohortatio ad Gentiles', en el escrito 'a Diogneto'; y — lo que reviste mayor trascendencia — en la carta de Clemente. También, según él, respondía la plasis al primer designio:
La unidad de la humana creación entraña la identidad práctica de los verbos hacer y modelar, en beneficio de este segundo. Dios hizo al hombre plasmándole, y no viceversa: modeló al hombre, porque le hizo. Haya o no Dios creado el alma de la nada, la actividad característica de Dios sobre el anthropos estuvo solamente en la plasis. A los ángeles les creó, les hizo (epoiesen); a los hombres les modeló (eplasen).
El silencio continuo en torno al alma, y la insistencia sobre la identidad física entre el hombre y el plasma, o el cuerpo sacado del lodo, apuntan lo mismo. La propia imagen de Dios habrá de ir vinculada al individuo carnal, por ser el único elemento en que descansaban los designios de Gen 1,26.