Empieza Dionisio su tratado (De la teología mística) con una invocación a la Santíssima Trinidad, a quien ruega que lo guíe «más allá incluso del desconocimiento hasta la más alta cima de las Escrituras místicas, allí donde los misterios simples, absolutos e incorruptibles de la teología se revelan en la tiniebla más que luminosa del silencio». Invita a Timoteo (a quien está dedicado el tratado) a «contemplaciones místicas» (mystika theamata): es preciso renunciar a los sentidos tanto como a toda operación racional; a todo objeto sensible o inteligible, a todo aquello que es, tanto como a todo lo que no es, a fin de poder alcanzar en la ignorancia absoluta la unión con aquel que sobrepasa a todo ser y toda ciencia. Ya vemos que no se trata simplemente de un procedimiento dialéctico, sino de algo distinto. Es necesaria una purificación, una katharsis: hay que abandonar todo lo impuro e incluso todas las cosas puras; hay que salvar, después, las más sublimes alturas de la santidad, dejar tras de sí todas las luces divinas, sonidos celestiales y celestiales palabras. Solamente entonces se penetra en las tinieblas donde habita aquel que está fuera de todas las cosas.
Esta vía de ascensión, donde nos liberamos gradualmente del dominio de todo lo que puede conocerse, la compara Dionisio a la subida al Sinaí de Moisés al encuentro de Dios. Moisés empieza por purificarse; se separa luego de los impuros; entonces «oye las trompetas de múltiples sonidos, ve numerosos fuegos cuyos rayos innumerables desprenden vivo resplandor, y separado de la multitud llega con lo selecto de los sacerdotes a la cima de las ascensiones divinas. En este punto, sin embargo, aún no está en relación con Dios, no lo contempla, pues no es visible Dios, sino tan sólo el lugar donde reside, lo cual significa, creo yo, que en el orden visible y en el inteligible los más divinos y más sublimes objetos no son sino las razones hipotéticas de los atributos que verdaderamente convienen a aquel que es totalmente transcendente, razones que revelan la presencia de aquel que está fuera de toda captación mental, más allá de las cimas inteligibles de sus más santos lugares. Entonces solamente, dejando atrás el mundo donde se es visto y se ve (ton sromenon kai ton sronton), penetra Moisés en la tiniebla verdaderamente mística del desconocimiento; allí acalla enteramente todo saber positivo, escapa a toda comprensión y a toda visión, pues pertenece completamente a aquel que está más allá de todo, pues ya no se pertenece a sí mismo ni pertenece a nada ajeno, unido por lo mejor de sí mismo a aquel que escapa a todo conocimiento, al haber renunciado a todo saber positivo, y conociendo, gracias a ese desconocimiento mismo, más allá de toda inteligencia» (kai to meden ginoskein, hyper noun ginoskon).
Está claro ahora que la vía apofática o teología mística (pues tal es el título del tratado consagrado al método de las negaciones) tiene por objeto a Dios en cuanto absolutamente incognoscible. Sería incluso inexacto decir que tiene a Dios por objeto: el final del texto que acabamos de citar nos muestra que una vez llegado a la cima extrema de lo cognoscible hay que liberarse tanto de lo que ve como de lo que puede ser visto, es decir, del sujeto tanto como del objeto de la percepción. Dios no se presenta ya como objeto, porque no se trata en modo alguno del conocimiento, sino de la unión. La teología negativa es, pues, una vía hacia la unión mística con Dios, cuya naturaleza nos resulta incognoscible.
El segundo capítulo de la Teología mística opone la vía afirmativa, la de las posiciones (theseis), que es un descenso de los grados superiores del ser hacia sus grados inferiores, a la vía negativa, la de las «abstracciones» o «desasimientos» (aphaireseis) sucesivos, vía que se presenta como una ascensión hacia la incognoscibilidad divina. En el capítulo III enumera Dionisio sus obras teológicas, clasificándolas por orden de «prolijidad», que va en aumento a medida que se descienda de las teofanías superiores a las inferiores. El tratado de la Teología mística es el más breve de todos, pues se trata del método negativo que conduce al silencio de la unión divina. En los capítulos IV y V, examina Dionisio toda una serie de atributos tomados del mundo sensible e inteligible negándose a atribuirlos a la naturaleza divina. Concluye su tratado reconociendo que la causa universal escapa a toda afirmación así como a toda negación: «cuando hacemos afirmaciones que se aplican a realidades inferiores a ella, nada afirmamos ni negamos de ella misma, pues toda afirmación queda más acá que la Causa única y perfecta de todas las cosas, y toda negación queda más acá de la transcendencia de Aquel que está sencillamente desnudo de todo y se sitúa más allá de todo». (Teologia Mística da Igreja do Oriente)