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Método

MÉTODO

Rama Coomaraswamy

Excertos de "Nome de Jesus"
(10) Parece ser axiomático que toda enseñanza sobre la vida espiritual debe satisfacer a la vez las necesidades del intelecto y de la voluntad, o para expresarlo en términos más tradicionales, debe proporcionar a la vez una Doctrina y un Método. Este “¿por qué?” y “¿cómo?” de nuestra existencia debe ser respondido. Sobre un nivel más mundano, antes de emprender un viaje, nosotros debemos proveernos de un mapa y de un medio de viaje. En Oriente cuentan la historia de un ciego y de un cojo que partieron hacia la “ciudad celeste”. No pudieron hacer ningún progreso hasta que unieron sus fuerzas, y el cojo subió sobre la espalda del ciego dirigiendo desde allí sus pasos. Este matrimonio de fuerzas se refleja en un número de planos diferentes. Tenemos que tanto la Iglesia como el alma son descritas como la “Esposa de Cristo”. Tenemos, como enseña Santo Tomás, la voluntad que se adhiere con toda su fuerza al bien que el intelecto percibe. Y finalmente, puesto que como enseña Santo Tomás, “La voluntad y el intelecto deben actuar recíprocamente uno sobre otro” (Summa I XVI, 4), nos hemos “juntado en una sola carne”, Cristo mismo, que dice “Yo soy la Verdad y la Vía” (Juan XIV, 6).

(11) Ahora bien, como gustaban decir los Escolásticos, la voluntad es “esencialmente una facultad ciega”, que necesita dirección, formación y perfección. Si San Pablo pudo preguntar, “¿Señor, qué quieres que haga?” (Hechos IX, 6), cuánto más debemos nosotros hacer la misma pregunta. Como dice el Abad Lehodey, la vida espiritual “requiere nuestra cooperación activa, nuestros esfuerzos personales” para ser efectiva (El Santo abandono). Como enseña Santo Tomás, “el hombre se une con Dios a través de su voluntad” (Summa. I-II, 87, 6). Ahora bien, esta voluntad es ciega e indócil; como ha dicho S. Pablo: “las cosas que yo quiero, no las hago”, y deben ponérsele bridas como a un potro salvaje. La Metodología puede compararse con las riendas. Es así como Santa Brígida de Suecia pedía a Cristo que la asistiera en la obra de “poner la brida” a su voluntad

(12) Sin embargo, embarcar en un método, sin una base doctrinal, es semejante a un caballo cuyas riendas no están en manos de un jinete capaz; es como intentar cruzar aguas desconocidas sin un mapa, un curso que siempre es posible, pero que usualmente resulta en un naufragio. Es negar la participación del intelecto en la vida espiritual. Es negar el papel de la revelación dada a nosotros por la misma fuente que buscamos descubrir. Es cortar con el infinito que, como enseña Santo Tomás, solamente puede ser comprendido por el intelecto. Sobre el nivel práctico la Doctrina y el Método, como el Intelecto y la Voluntad, nunca pueden estar divorciados. Por esto es por lo que en el simbolismo budista, la Doctrina y el Método se describen como estando en un estrecho abrazo conyugal.

(13) Todo esto no es para negar el papel de la gracia, la cual, a la vez inicia el peregrinaje espiritual y lo sostiene a través de sus muchas dificultades tempestuosas, sino más bien para recalcar que debemos prepararnos a nosotros mismos a aceptar las gracias que Dios siempre desea derramar. Argumentar que el “Espíritu Santo sopla donde quiere” no anula en modo alguno lo que hemos dicho, pues debemos admitir que está dentro de nuestro poder apartarnos de la luz —la luz que brota del Paráclito. La gracia, como enseñan los santos, “no reemplaza a la naturaleza, sino que más bien la perfecciona”. Así, como Eckhart enseña: “Dios está obligado a actuar, a derramarse a Sí mismo en ti, tan pronto como te encuentre dispuesto alguna vez”.

(14) La invocación del Nombre de Jesús cumple todos estos prerrequisitos en un grado muy notable. Es a la vez una Doctrina y un Método, y es simultáneamente un canal eficacísimo para la efusión de la gracia. No hay que sorprenderse entonces de que, como dice el Padre Schwertner en su artículo sobre “La Devoción al Adorable Nombre de Jesús”, “no hay ninguna devoción a nuestro Señor —excepto al Santísimo Sacramento mismo— que tenga mejores garantías Escriturales, ninguna más rígidamente dogmática, ninguna más rica en sus sanciones y apoyos patrísticos” (Holy Name Society Publication).