Skip to main content
id da página: 8324 Opificio Mundi XXV

Opificio Mundi XXV


Fuente: Filon. Obras completas de Filon de Alejandría, en 5 volúmenes traducidos del griego al español por José María Triviño. (Buenos Aires: Acervo Cultural / Editores, 1975.) De Opificio Mundi: vol. 1

77. XXV. Bien puede ser que alguien pregunte por qué motivo fue el hombre el último en la creación del mundo. El Hacedor y Padre, en efecto, como lo señalan las sagradas escrituras, lo creó después que a todas las otras criaturas. Pues bien, los que más han profundizado en la interpretación de las leyes de Moisés y han examinado con el máximo de minuciosidad su contenido, dicen que Dios, después de hacer al hombre partícipe del parentesco con Él mismo consistente en el uso de la razón, lo cual constituía el mejor de los dones, no quiso rehusarle la participación en los demás; y por tratarse del más afín a Él y más amado de los seres animados, puso a su alcance anticipadamente todas las cosas del mundo, deseoso de que al llegar a la existencia no careciera de cosa alguna de las que permiten vivir, y vivir bien. Para vivir le proporcionan lo necesario los abundantes aprovisionamientos de cuanto contribuye a su provecho; para vivir bien, la contemplación de las criaturas celestes, conmovido por la cual, la inteligencia concibe un amor y deseo ardiente de conocerlas. A partir de él floreció la filosofía, por la cual el hombre, aunque es mortal, es convertido en inmortal.

78. Tal pues, como los que ofrecen un banquete no invitan a pasar a comer hasta que están preparadas todas las cosas para el festín, y los organizadores de los certámenes atléticos y espectáculos teatrales antes de congregar a los espectadores en los teatros y estadios tienen preparada una multitud de competidores y de intérpretes de espectáculos y conciertos; de la misma manera el Soberano del universo, como si fuera un organizador de certámenes o un anfitrión, a punto ya de llamar al hombre a gozar de un festín y un espectáculo, tuvo prestadas previamente las cosas necesarias para uno y otro género de goces, a fin de que, apenas hubiese el hombre entrado en el mundo, hallase un sacratísimo banquete y espectáculo, un banquete plenamente provisto de todo cuanto proporcionan la tierra, los ríos, los mares y el aire para uso y disfrute; y un espectáculo pleno de toda suerte de visiones que abarcan las más sorprendentes sustancias, las más asombrosas cualidades, los más admirables movimientos y danzas en formaciones armoniosamente dispuestas, según numéricas proporciones y con acordes revoluciones, tales que no andaría errado quien afirmara que en todas ellas se encuentra la música arquetipo, verdadera y ejemplar, de la cual los hombres de los posteriores tiempos, después de trazar en sus almas esas imágenes, brindaron a la vida humana la más trascendental y provechosa de las artes.