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id da página: 9349 iniciação|INICIAÇÃO INICIÁTICAS

Organizaciones Iniciaticas



René Guénon: DOS CENTROS INICIÁTICOS

Primeramente, es fácil comprender que el vinculamiento al centro supremo sea indispensable para asegurar la continuidad de la transmisión de las influencias espirituales desde los orígenes mismos de la presente humanidad (deberíamos decir incluso desde más allá de esos orígenes, puesto que aquello de lo que se trata es «no humano») y a través de toda la duración de su ciclo de existencia; ello es así para todo lo que tiene un carácter verdaderamente tradicional, incluso para las organizaciones exotéricas, religiosas u otras, al menos en su punto de partida; con mayor razón es lo mismo en el orden iniciático. Al mismo tiempo, es este vinculamiento el que mantiene la unidad interior y esencial que existe bajo la diversidad de las apariencias formales, y el que, por consecuencia, es la garantía fundamental de la «ortodoxia», en el verdadero sentido de esta palabra. Únicamente, debe entenderse bien que este vinculamiento puede no permanecer siempre consciente, y eso es muy evidente en el orden exotérico; por el contrario, parece que debería serlo siempre en el caso de las organizaciones iniciáticas, una de cuyas razones de ser es precisamente, al tomar como punto de apoyo una cierta forma tradicional, permitir pasar más allá de esa forma y elevarse así de la diversidad a la unidad. Esto, naturalmente, no quiere decir que una tal consciencia deba existir en todos los miembros de una organización iniciática, lo que es manifiestamente imposible y lo que, por lo demás, haría inútil la existencia de una jerarquía de grados; pero debería existir normalmente en la cima de esa jerarquía, si todos aquellos que han llegado a ella fueran verdaderamente «adeptos», es decir, seres que han realizado efectivamente la plenitud de la iniciación 1 ; y tales «adeptos» constituirían un centro iniciático que estaría constantemente en comunicación consciente con el centro supremo. Sin embargo, de hecho, puede ocurrir que la cosa no sea siempre así, aunque no fuera más que a consecuencia de una cierta degeneración que haga posible el alejamiento de los orígenes, y que puede llegar hasta el punto de que, como lo decíamos precedentemente, una organización llegue a no comprender más que lo que hemos llamado iniciados «virtuales», iniciados que, no obstante, continúan transmitiendo, incluso si no se dan cuenta de ello, la influencia espiritual de lo que esa organización es depositaria. El vinculamiento subsiste entonces, a pesar de todo, por eso mismo de que la transmisión no ha sido interrumpida, y eso basta para que alguno de aquellos que hayan recibido la influencia espiritual en tales condiciones pueda volver a tomar siempre consciencia de ella si tiene en él las posibilidades requeridas; así, incluso en ese caso, el hecho de pertenecer a una organización iniciática está lejos de no representar más que una simple formalidad sin alcance real, del mismo género que la adhesión a cualquier asociación profana, como lo creen de muy buena gana aquellos que no van al fondo de las cosas y que se dejan engañar por algunas similitudes puramente exteriores, las cuales, por lo demás, no se deben, de hecho, más que al estado de degeneración en el que se encuentran actualmente las únicas organizaciones iniciáticas de las que pueden tener algún conocimiento más o menos superficial.

Por otra parte, importa destacar que una organización iniciática puede proceder del centro supremo, no directamente, sino por la intermediación de centros secundarios y subordinados, lo que es incluso el caso más habitual; como hay en cada organización una jerarquía de grados, así hay también, entre las organizaciones mismas, lo que se podría llamar grados de «interioridad» y de «exterioridad» relativa; y es evidente que aquellas que son las más exteriores, es decir, las más alejadas del centro supremo, son también aquellas donde la conciencia del vinculamiento a éste puede perderse más fácilmente. Aunque la meta de todas las organizaciones iniciáticas sea esencialmente la misma, las hay que se sitúan en cierto modo a niveles diferentes en cuanto a su participación en la tradición primordial (lo que, por lo demás, no quiere decir que, entre sus miembros, no pueda haber algunos que hayan alcanzado personalmente un mismo grado de conocimiento efectivo); y no hay lugar a sorprenderse de ello, si se observa que las diferentes formas tradicionales mismas no derivan todas inmediatamente de la misma fuente original; la «cadena» puede contar un número más o menos grande de eslabones intermediarios, sin que por eso haya ahí ninguna solución de continuidad. La existencia de esta superposición no es una de las menores razones entre todas aquellas que constituyen la complejidad y la dificultad de un estudio algo profundo de la constitución de las organizaciones iniciáticas; es menester agregar aún que una tal superposición puede reencontrarse también en el interior de una misma forma tradicional, así como se puede encontrar un ejemplo de ello particularmente claro en el caso de las organizaciones que pertenecen a la tradición extremo oriental. Este ejemplo, al que no podemos hacer aquí más que una simple alusión, es quizás incluso uno de los que permitirán comprender mejor cómo la continuidad está asegurada a través de los múltiples escalones constituidos por otras tantas organizaciones superpuestas, desde aquellas que, comprometidas en el dominio de la acción, no son más que formaciones pasajeras destinadas a jugar un papel relativamente exterior, hasta aquellas del orden más profundo, que, aunque permaneciendo en el «no actuar» principial, o más bien por eso mismo, dan a todas las demás su dirección real. A este propósito debemos llamar la atención especialmente sobre el hecho de que, incluso si algunas de estas organizaciones, entre las más exteriores, se encuentra que a veces están en oposición entre ellas, eso no podría impedir en nada que la unidad de dirección exista efectivamente, porque la dirección en cuestión está más allá de esta oposición, y no en el dominio donde ésta se afirma. En suma, en eso hay algo comparable a los papeles jugados por diferentes actores en una misma obra de teatro, y que, aunque se opongan, por eso no concurren menos a la marcha del conjunto; cada organización juega del mismo modo el papel al que está destinada en un plan que la rebasa; y esto puede extenderse incluso al dominio exotérico, donde, en tales condiciones, los elementos que luchan unos contra otros, no por eso obedecen menos todos, aunque inconsciente e involuntariamente, a una dirección única cuya existencia no sospechan siquiera2 .


NOTAS:
1 Éste es el único sentido verdadero y legítimo de esta palabra, que, en el origen pertenecía exclusivamente a la terminología iniciática y más especialmente rosacruciana; pero es menester señalar también, a este propósito, uno de esos extraños abusos de lenguaje tan numerosos en nuestra época: ¡se ha llegado, en el uso vulgar, a tomar «adeptos» por un sinónimo de «adherentes», de suerte que esta palabra se aplica corrientemente para designar al conjunto de los miembros de no importa cuál organización, aunque se trate de la asociación más puramente profana que sea posible de concebir!
2 Según la tradición islámica, todo ser es natural y necesariamente muslim, es decir, sometido a la Voluntad divina, a la que, en efecto, nada puede sustraerse; la diferencia entre los seres consiste en que, mientras que unos se conforman consciente y voluntariamente al orden universal, otros le ignoran o incluso pretenden oponerse a él (ver El Simbolismo de la Cruz, p. 187, ed. francesa). Para comprender enteramente la relación de esto con lo que acabamos de decir, es menester destacar que los verdaderos centros espirituales deben ser considerados como representado la Voluntad divina en este mundo; así, aquellos que están vinculados a ellos de manera efectiva pueden ser considerados como colaborando conscientemente a la realización de lo que la iniciación masónica designa como el «plan del Gran Arquitecto del Universo»; en cuanto a las otras dos categorías a las que acabamos de hacer alusión, los ignorantes puros y simples son los profanos, entre los que es menester, bien entendido, comprender a los «pseudoiniciados» de todo tipo, y aquellos que tienen la pretensión ilusoria de ir contra el orden preestablecido dependen, a uno u otro título, de lo que hemos llamado la «contrainiciación».