Si uno considera la naturaleza de la plegaria, ya sea individual o canónica, debe contener los siguientes elementos. No es suficiente que el hombre formule su petición; debe expresar también su gratitud, resignación, pesar, resolución y alabanza (Casiano, Conferencias). En su petición, corresponde al hombre buscar algún favor, provisto que sea de una naturaleza agradable a Dios, y conforme con la Norma Universal; el agradecimiento es la consciencia de que cada favor del destino es una gracia que podría no haber sido dada; y si es cierto entonces que el hombre siempre tiene algo que pedir, también es cierto, por decir lo menos, que siempre tiene motivos para la gratitud; sin esto, ninguna plegaria es posible. La resignación es la aceptación por adelantado del no cumplimiento de alguna petición; el pesar o la contricción —la petición de perdón— implica la consciencia de lo que nos pone en oposición a la voluntad divina; la resolución es el deseo de remediar la transgresión, pues nuestra debilidad no debe hacernos olvidar que somos libres; finalmente, la alabanza significa no solamente que nosotros remitimos todos los valores a su fuente última, sino también que vemos todas las pruebas en los términos de su provecho.
Pero ninguno de los conceptos en el párrafo precedente puede expresarse de una manera completamente contemporánea. Uno puede pedir un Cadillac en lugar de una carreta, pero aún así uno debe pedir con resignación, gratitud, pesar, resolución y alabanza. Además, las palabras mismas que uno está forzado a usar en todas estas categorías no son nuevas, sino que han existido siempre, pues son innatas (in-natus) en el alma que eleva su corazón y su mente a Dios. Desgraciadamente, mucha de la plegaria litúrgica corriente es solamente ruido, debido precisamente a que no incorpora en su expresión estas actitudes mismas que han estado con el hombre desde su creación. Vaciar la plegaria de sus componentes volitivos e intelectuales es reducirla al “sentimiento” (“no vayáis a la iglesia a menos de que os sintáis inclinados a ello”, como algunos sacerdotes dicen ahora abiertamente), y sujetarla a los pecados del orgullo, la ignorancia y la pereza intelectual, que, como muestra claramente Hillaire Belloc, son las características de la “mente moderna” (Survivals and New Arrivals).