VIDE
René Guénon
Um de seus temas fundamentais...
Frithjof Schuon
- O ESOTERISMO COMO PRINCÍPIO E COMO VIA
- Se nos perguntassem — em oposição à evidência das coisas — o que vem fazer a virtude nas questões de realização espiritual, portanto, de técnica rigorosa e extra-individual, responderíamos o seguinte, colocando-nos do mesmo ponto de vista estritamente prático: a realização espiritual impõe à alma uma imensa desproporção, porque introduz a presença do sagrado nas trevas da imperfeição humana. Isso fatalmente provoca reações desequilibradoras que, em princípio, comportam o risco de uma queda irremediável, reações que a beleza moral, combinada com as graças que atrai por sua própria natureza, pode generosamente prevenir ou atenuar. É precisamente essa beleza que os diletantes ambiciosos e desprovidos de imaginação creem poder desprezar, pois só veem aí sentimentalismo estranho ao que acreditam ser a técnica realizadora. Todavia, quando a alma se vê como que suspensa entre dois mundos, um já perdido e o outro ainda não atingido, apenas uma virtude inata e a graça podem salvá-la da vertigem, e somente essa virtude a imuniza de imediato contra as tentações e os desvios.
- A despeito desses dados, que nos parecem evidentes e que são corroborados por todas as belezas que o Céu concedeu aos mundos tradicionais, certamente alguns perguntarão qual é a conexão que o valor estético de uma casa, de uma instalação ou de uma ferramenta pode ter com a realização espiritual. Quando, portanto, um Shankara preocupou-se com a estética ou com a moral? A isso responderemos que a alma de um sábio dessa envergadura é naturalmente bela e está indene de toda mesquinharia e que, além disso, um ambiente igualmente tradicional — sobretudo num meio como o dos brâmanes — exclui de modo amplo, senão absoluto, a fealdade artística ou artesanal; embora um Shankara nada tenha a ensinar — nem a fortiori a aprender — a respeito dos valores estéticos, a não ser que seja um artista por vocação e por profissão, coisa que ele não foi e que sua missão estava muito longe de exigir.
- A obra artística ou artesanal compreende duas perfeições, a de superfície e a de profundidade: na superfície, a obra deve ser bem feita, de acordo com as leis.da arte e as exigências do estilo; em profundidade, deve comunicar a realidade que exprime. Isso explica por que a arte tradicional está ligada ao esoterismo quanto à forma e à realização espiritual quanto à prática: pois a forma exprime a essência, enquanto a compreensão da forma evoca e exige a transcendência desta em vista da essência ou do arquétipo.
- Poder-se-ia questionar como esse desejo de realização espiritual combina com um gênero de vida arriscado e guerreiro e com a subsequente rudeza de costumes. Questão que denotaria uma ilusão de ótica, pois a vida é o que é pelas suas condições naturais, ou seja, um tecido de coisas e acontecimentos, de formas e destinos, de que o homem exterior participa, que ele executa e a que se sujeita, segundo as leis da Natureza, mas de que o homem interior é, em princípio, independente e que ele supera e domina na medida em que concretiza o heroísmo ou a santidade. Temos, então, uma combinação fecunda entre o culto da Natureza impessoal e a afirmação da personalidade sacerdotal e heroica, e aí está, em suma, o fundamento do estoicismo indígena, que é a expressão moral desta aparente antinomia.
Luis Miguel Martínez Otero
Excertos de "Iniciación al Simbolismo"
Si acudimos al Corominas (Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana, de Joan Corominas) leemos: «SIMBOLO, del latín «symbolum tomado del griego «symbolon» derivado de «symballo»: yo junto, hago coincidir». Este «juntar o hacer coincidir» es de lo de arriba con lo de abajo (según el aforismo hermético), del cielo con la tierra para lo que, más tarde veremos, nos hará falta una escalera.
Por otro lado, la Realización Espiritual, «juntado y coincidido» lo disperso del espíritu del hombre, es la reintegración de éste en su Centro o en su Principio; y con ello, la actualización de su filiación divina que hace del hombre, microcosmos, el Señor del Cosmos. En este sentido Nicolás de Cusa en su «De Filiatione Dei», afirma: «Filiado... est ablatio alteritatis et diversitatis et resolutio omnium in Unum quae est transfusio Unius in omnia. Et haec Teoisis ipso» 1 . Y esta ablación de la alteridad y de la diversidad es un «juntar» un «hacer coincidir», un «symbolon».
El símbolo, yo «junto, hago coincidir» lo de arriba con lo de abajo, ilumina en consecuencia con lo superior aquello que es inferior: es una Teofanía.
Vemos, pues, cómo el símbolo conduce directamente, en su «religar», hasta la Realización Espiritual. Supondremos, pues, que la realización espiritual, esa reintegración del hombre en su Centro y en su filiación divina, requiere forzosamente del símbolo.
Puestos en el inicio del camino de cualquier realización, tendremos que perpetrar la tautología de definir al símbolo como si fuera la realización espiritual misma: el Símbolo se muestra no sólo como el medio espontáneo o generado, sino como el único fin que se alcanza en el área de lo intelectual. Será sólo al final del camino, en la reintegración, cuando el Símbolo nos aparecerá como aquél medio que fue necesario, como escala utilizada, como modo natural de expresión del espíritu y como su alimento. Y el espíritu del hombre no se nutre sino de lo Infinito de su Principio y, por tanto y en propio sentido, de las teofanías.
La multiplicidad de las teofanías nos dará la multiplicidad de los símbolos y, cabe decir sin error (pero no sin luego hacer la necesaria división de terrenos con lo profano) que en el Universo todo es sagrado, todo es teofánico, todo es simbólico. El Cosmos, el mundo espacio-temporal de la manifestación divina en la que estamos inmersos y que es el cuadro de la humana condición, es una teofanía, una transparencia del Principio y de la Unidad de donde todo fluye y hacia donde todo transciende.
El secreto del Mundo y de la Naturaleza será, de este modo, el de transparentar al Paraíso de donde el hombre fué arrojado. Es, pues, el mundo el primer símbolo de realización espiritual, mediante la escala de Jacob que hemos contemplado en epígrafe y que religa a la tierra con el cielo, que «junta y hace coincidir». Si en su condición de microcosmos esa escala une al hombre con Dios y es la realización espiritual, considerando al Cosmos, y en la literalidad del sueño de Jacob, decimos, la escalera une la tierra teofánica con ese máximo de realización espiritual representado por el cielo. Y ese religar de la tierra y del cielo (la escalera del sueño) es una circulación de virtudes y energías, de transmutaciones y estaciones espirituales, que son los ángeles que Jacob vió subiendo y bajando.
Ya el año pasado, en esta misma ocasión y hablando del Fin de los Tiempos y (por lo que aquí nos referimos), en la escatología del Islam, decíamos (ver «Esperando el Milenio», Ed. 29, Barna 1985, pág. 22): «nuestros tiempos son de ocultación del Imán, que sólo se revelará — en el «apocalipsis», en la «revelación» del mundo por venir. Pero la existencia real y viviente de lo espiritual se manifiesta, aquí y ahora, en las «cosas» de este mundo. Dicho de otro modo, las «cosas» de este mundo (fuente de agua, palmeral, silencio y fuego del desierto, oasis, ciudad, etc) manifiestan, para quien tenga ojos, una teofania cuyo soporte son dichas cosas».
Y a ello nos venimos refiriendo de nuevo ahora, al afirmar que el Mundo (y el corazón del hombre, que lo contiene) es el lugar de la teofania. Y la función y la esencia del Mundo es la de ser «símbolo», de asegurar la realización espiritual que nos alza desde la multiplicidad hasta la Unidad, desde lo particular hasta lo Universal.
Pero para que este símbolo, el Cosmos, la Naturaleza (o cualquier otro símbolo) sea operativo, es decir, manifieste una teofania y ésta nos transforme, será necesario un marco de condiciones y de cualificaciones del que más tarde hablaremos, pero que tradicionalmente se entiende para los tiempos «normales» (y en su más amplio sentido, para estos nuestros tiempos decididamente «anormales») como la acepción de una gracia o influencia cuyo origen remonta al mismo Principio, y que actualizarán en el recipiendario su capacidad virtual de realización espiritual. A su vez ello (esoterismo) no será operativo sino en un marco de condiciones más externo y general, abierto a todos y mínimo necesario (exoterismo). Luego hablaremos de ello, de estas cosas tan evidentes pero tan ignoradas desde ayer.
En cualquier caso, vemos cómo el símbolo «junta y hace coincidir» lo de arriba con lo de abajo. Esa unión y coincidencia es la realización espiritual: un morir a lo de abajo y un nacer a lo de arriba, morir a lo terreno y nacer a lo divino. Son los misterios de la Iniciación y posterior Realización, misterios de muerte y de resurrección.
Pero la pregunta se plantea de modo imperioso, de saber si la Realización Espiritual precisa del símbolo porque no encuentra otro medio natural (racional o lógico) de expresarse al tratar verdades metafísicas (salvo que utilizara perífrasis o matáforas) y, por tanto por aquella cualidad de abstracción (como en morfemas o sintagmas matemáticos) que el símbolo posee; o bien, si acude o solicita el símbolo porque éste rememora al espíritu (que no así al alma) la naturaleza verdadera de los arquetipos divinos que son el modelo mismo de su ser. En este último supuesto, la «circumincesión» u operaciones divinas de las que el hombre es icono, transpasarían los velos y llegarían a la esfera humana reducidos a símbolos. Ello es fundamental. Y lo que para el espíritu es visión cara a cara, la mente lo contempla como a través de un espejo, como en enigma (S. Pablo), en SIMBOLO.NOTAS: