VIDE
Excertos de Filosofias da Índia de Heinrich Zimmer
Adhyatman (adhi=“por encima de”; atman=“Yo o espíritu”): el Espíritu Supremo manifiesto como Yo del individuo; adhidáivam (dáivam, de deva=“divinidad”): el Espíritu Supremo operando en los objetos materiales. En este sistema, ambos constituyen los dos aspectos de un solo Imperecedero, conocido desde el punto de vista subjetivo y objetivo, respectivamente.
El sistema Adhyatmam-adhidáivam plenamente desarrollado del período de las Upanishad empleaba como medio para llegar al absoluto desapego un plan completo de correspondencias entre los fenómenos subjetivos y objetivos. Por ejemplo: Creadas las divinidades del mundo, dijeron a atman (el Yo como Creador): “Danos un alojamiento donde podamos establecernos y alimentarnos”. Él les llevó un toro, y ellos dijeron: “En verdad, esto no nos basta”. Él les llevó una persona, y ellos dijeron: “¡Oh, muy bien; en verdad, una persona está muy bien!” Él les dijo: “Entrad en vuestras respectivas moradas”. El fuego se hizo habla y entró en la boca. El viento se hizo hálito y entró en las narices. El sol se hizo vista y entró en los ojos. Los cuadrantes del cielo se hicieron oído y entraron en las orejas. Las plantas y los árboles se hicieron cabellos y entraron en la piel. La luna se hizo mente y entró en el corazón. La muerte se hizo hálito descendente y entró en el ombligo. Las aguas se hicieron semen y entraron en el miembro viril.
Al discípulo se le enseña a aplicar su conocimiento de correspondencias como ésta a meditaciones como la siguiente: Como un jarro es reducido a polvo, y la onda a agua, o un brazalete a oro, así el universo se reducirá a mí. ¡Maravilloso soy! ¡Adoracíón a Mí! Porque cuando el mundo, desde el más alto dios hasta el último tallo de hierba, se reduce y se disuelve, esa destrucción no es mía.
Evidentemente estamos en presencia de una disgregación total del yo fenoménico (la personalidad ingenuamente consciente, que junto con su mundo de nombres y formas en su oportunidad será destruida) con respecto al otro Yo, profundamente oculto, esencial aunque olvidado, el Yo trascendental (atman), que al ser recordado lanza la con
Evidentemente esta concepción justifica un cambio de actitud que desplaza el interés no solo de los medios y fines normales de la gente mundana, sino también de los ritos y dogmas de la religión de esos seres engañados. El creador mitológico, el Señor del Universo, ya no interesa. Solo la conciencia introvertida, dirigida y volcada hacia las profundidades de la propia naturaleza del sujeto, alcanza los límites en que los accidentes transitorios encuentran su fuente inmutable. Y esta conciencia puede finalmente franquear esos límites, emerger —perecer, y tornarse así imperecedera— en el omnipresente sustrato de toda sustancia. Tal es el Yo (atman), fuente última, perdurable y básica de todo lo que existe. Tal es el donante de todas las manifestaciones especiales, cambios de forma y derivaciones del verdadero estado, los llamados vikara: transformaciones y evoluciones del despliegue cósmico. Y el sabio pasa de su apego a lo que aquí se despliega y descubre su causa no mediante alabanza y sumisión a los dioses sino mediante conocimiento, conocimiento del Yo. Este conocimiento se consigue por medio de una de estas dos técnicas: 1º, rechazando sistemáticamente la totalidad del mundo como ilusorio, o 2º, comprendiendo a fondo la nueva materialidad de todo él. Ésta es precisamente la posición no teísta, antropocéntrica, que hoy estamos a punto de alcanzar en el Occidente, si es que no la hemos alcanzado ya. Porque ¿dónde están los dioses a quienes podamos elevar nuestras manos y nuestras plegarias, y hacer oblación? Allende la Vía Láctea hay solo universos aislados, galaxia tras galaxia en la infinitud del espacio: no hay reino de ángeles ni moradas celestes, ni coros de bienaventurados girando en su estado beatífico en torno al santo misterio de la Trinidad. ¿Queda en todas estas inmensidades alguna, región en la que el alma, en su búsqueda, pudiera llegar a los pies de Dios, habiéndose despojado de su vestidura material? ¿O acaso no debemos más bien volvernos hacia adentro, buscar lo Divino en lo íntimo, en lo más hondo y profundo; escuchar la voz que en el silencio interior manda y consuela; extraer desde dentro la gracia que excede todo entendimiento?