Decimos, entonces, que el intelecto merece más el nombre de "luz" que el ojo externo, pues por la elevación de su rango escapa a las siete imperfecciones:
— En primer lugar, el ojo no se ve él mismo, mientras que el intelecto percibe a los otros percibiéndose también a sí mismo en sus diversos atributos. El se percibe, en efecto, "conocedor" y "capacitado", y percibe el conocimiento que tiene de si mismo, el conocimiento del conocimiento de este conocimiento y, así, siguiendo hasta el infinito. Esta es una percepción inconcebible para un órgano corporal. Detrás de esto reside un misterio demasiado largo de exponer aquí.