En el capítulo XVIII de Mateo, la parábola de la oveja perdida se da en una forma un tanto distinta y aparentemente con un contenido diverso. Esto es algo que ocurre muy a menudo en los Evangelios y tales discrepancias aparentes constituyen un serio tropiezo para las mentalidades que toman estas ideas al pie de la letra. Discutirán afirmando que, puesto que las narraciones no coinciden palabra por palabra y coma por coma, y ya que no tienen la misma contextura, no puede haber "verdad" en ellas. Su error estriba en suponer que la verdad sea tan sólo la confirmación del hecho externo o del suceso histórico. La verdad no es de un solo orden. La verdad física es un nivel de la verdad. Y resulta evidente que las parábolas no representan una verdad física ni hechos que sean todo lo literales que indican sus títulos. La verdad de la parábola de la oveja perdida no descansa en un pastor de carne y hueso que tenía exactamente cien ovejas y perdió exactamente una. La verdad que contienen las parábolas es de otro orden. De un orden psicológico. Esto significa que dichas parábolas tienen que ver con la vida interior del hombre, con una verdad interna.