As parábolas da Ovelha Perdida e da Prata Perdida
Fariseos y escribas murmuran porque Jesús come con publícanos y pecadores. La idea que tienen de la religión, su opinión exterior de ella, hace que los actos de Jesús sean un pecado. Dicen: "Éste a los pecadores recibe, y con ellos come." Jesús responde con la parábola de la oveja perdida, que es así:
A primera vista esto puede parecer muy sencillo, pero dista mucho de serlo. La narración se refiere a un hombre que va y busca lo que se le ha perdido hasta que lo encuentra y lo lleva a casa. Y en la interpretación que da, dice que se trata de un pecador que se arrepiente. ¿Cuál es la conexión? Veamos lo que se dice en la parábola del dracma perdido, que sigue a la anterior:
En ambas parábolas, el tema principal es el encuentro de uno entre muchos. Y este uno, cuando se le encuentra, está relacionado con la metanoia (arrepentimiento).
Tanto la oveja como el dracma representan algo perdido, y su encuentro se explica como arrepentimiento. O sea que estas dos parábolas son una explicación adicional de lo que significa la metanoia, la transformación de la mente. Puesto que 'arrepentirse' es un hecho íntimo en el hombre, las parábolas han de tener por fuerza un significado igualmente íntimo. La oveja perdida es algo que se ha perdido en el hombre, y que el hombre mismo ha de encontrar. Igual cosa con el dracma. Y ha de subrayarse una vez más que en ambos casos lo perdido se designa con el número uno. Por consiguiente, este hallazgo de lo que es uno define el significado de que la metanoia ocurre en el hombre.
Deja lo mucho para poder hallar lo uno que falta.
Estas dos parábolas se dan sobre un fondo externo, como con tanta frecuencia ocurre en los Evangelios. Como de costumbre, los fariseos censuran a Jesús; en este caso porque come con publícanos y pecadores. De modo que estas dos parábolas se interpretan a menudo como algo que se refiere a ellos, a los pecadores. Jesús vino a salvar a los pecadores. La oveja perdida significa uno de ellos, y es posible que los noventa y nueve se refieran a los fariseos que 'no necesitan arrepentimiento'. En el original griego, esta frase dice literalmente (Î¿Ï Ï‡Ïειαν Îχουσι μετανοιας) 'no les interesa el arrepentimiento.' Es una ironía. Quienes continuamente se justifican y se imaginan justos y virtuosos, consideran que no tienen nada de que arrepentirse, y así el arrepentimiento no les interesa, no lo quieren y no lo necesitan. Son gentes de opiniones fijas y sus ideas ya se han enquistado en ellas. Para estas personas cualquier cambio en la manera de pensar es un imposible, por la sencilla razón de que no hay nada en ellos que lo quiera o lo busque. En su sentido más externo, este episodio significa que sólo un hombre entre cien siente la necesidad de un nuevo entendimiento de su propia vida, y la necesidad de hallar un significado nuevo para su existencia. Los restantes están satisfechos de sí mismos y nada buscan, pues se sienten justos. Pero en otra parte Jesús dice que nada puede evolucionar internamente a menos que su 'justicia' sea superior a la de los fariseos. De otro modo, todo cuanto haga será siempre de la misma calidad. Los fariseos no tenían nada real, eran todo imitación. Cuanto hacían lo hadan para acumular méritos o recibir elogios, o bien por temor a perder la reputación. Este aspecto es el fariseo que vive en el hombre.
Quien obra partiendo de eso, no obra con nada que le sea genuino, nada real en sí mismo, sino que todo lo hace debido a diversas y complejas consideraciones externas según sea su situación, según sea lo que digan otros, según lo que su orgullo le permita o lo que le haga ser más estimado o le haga llamar más la atención. Da modo que Jesús dice a los fariseos: "¡Ay de vosotros, fariseos! que amáis las primeras sillas en las sinagogas, y las salutaciones en las plazas." (Lucas, XI, 43) Y en otras partes los define como aquellos que aman "más la gloria de los hombres que la gloria de Dios." (Juan, XII, 43)