Excerto do capítulo II
Astrologia Judiciária
El señor de Fontbrune cree escapar a esta manifiesta contradicción explicando que la astrología, en el siglo XVI, era de hecho el estudio del movimiento de los astros, es decir, la astronomía tal cual la entienden los modernos. Este razonamiento podría ser tenido en cuenta si el director del observatorio del monte Palomar, pongamos por caso, publicara regularmente predicciones... Puesto que de creer al señor de Fontbrune, sus observaciones deberían capacitarle para ello. Pero el ver en la antigua astrología una astronomía balbuciente es sólo un viejo tópico. Equivalente a disculpar a Nicolás Flamel de toda preocupación esotérica pretextando que —siempre según nuestros contemporáneos— la Alquimia es sólo ¡un embrión de química tributaria de las insuficiencias científicas de la época! En realidad, conviene dar la vuelta al argumento: los astrólogos que vitupera Michel de Nostredame son el equivalente de los «souffleurs» o de los «brûleurs de charbon» de los que se burlan los verdaderos alquimistas (NT: «Sopladores», «quemadores de carbón»; confróntese a este respecto la obra de un actual practicante de la Alquimia: La Puerta Cerrada — Diario de un alquimista, Barcelona 1981, col. «Esoteria».). Poruña vez, es legítimo ver en ellos —que por incomprensión, reducían una doctrina iniciática a manipulaciones materiales— auténticos precursores de los químicos modernos. Pero la Alquimia y la astrología verdaderas, esas dos ciencias tradicionales, nada tenían que ver con esas desviaciones, esas adulteraciones y, dicho en una palabra, esa ignorancia presuntuosa madre de todos los errores.
Pero ya que la noción misma de ciencia tradicional se ha vuelto totalmente extraña al espíritu moderno, conviene ver lo que era realmente esta astrología judiciaria de la que Nostradamus declara explícitamente que constituye una de las bases de su obra —y de la que la astrología contemporánea es sólo vestigio, que descansa en unos datos fragmentarios y a veces incluso contradictorios, que en muy contadas ocasiones alguien se preocupa de vincular con una doctrina metafísica o aun cosmológica.
Por añadidura, la gente se hace de la astrología una idea totalmente falsa, imaginándose que lo que pretende esta ciencia es estudiar las «influencias» ejercidas sobre el mundo terrestre por los astros «corporales». Se trata en realidad de algo muy distinto, mucho más complejo y profundo, de lo que sólo se puede tener una idea recurriendo a las doctrinas orientales, que han conservado unas nociones que se han vuelto —como decíamos— totalmente extrañas al Occidente moderno.
Para hacer comprensibles el lugar y el papel de la astrología en el seno de la tradición, es indispensable recordar sumariamente la concepción general del universo, tal como la define con una particular precisión la metafísica taoísta.
La «Creación» —o más bien la «Manifestación», para no usar una terminología en exceso teológica— está simbolizada por un helicoide cilindrico cuyo «paso» es infinitesimal y cuyo número de espiras es indefinido —representando cada una de ellas un grado, un estado de la Existencia universal—. Así, la salida de una espira corresponde, para un ser, a una muerte, y la entrada en la espira siguiente un nacimiento, como expone Matgioi en la Vía Metafísica. La situación de un ser en el interior de una espira dada (no siendo el estado humano más que una de esas innumerables espiras) es la resultante, a la vez, de las posibilidades de este ser destinadas a manifestarse específicamente en ese estado considerado, y de la acción del mismo individuo en los grados, las espiras anteriores, según la ley del «karma», para los hindús, o para la tradición extremo-oriental que es la que aquí nos interesa, de las «acciones y reacciones concordantes». (En fin, conviene precisar que la «espira humana» —si cabe expresarse de este modo— no sólo comprende el estado corporal burdo sino también todas sus prolongaciones invisibles, que constituyen el «mundo intermediario» o sutil, o psíquico, para usar términos diferentes que designan una realidad única.)
Dicho esto, podemos pasar a otro simbolismo, esta vez centrado no ya en el conjunto de la Existencia sino más precisamente en un estado determinado. Si consideramos un ser en una espira particular, entonces podemos simbolizar su estado por un plano horizontal engendrado por una cruz de dos dimensiones, y al propio ser por una línea vertical que corta en ángulo recto el plano horizontal (NE: Cfr. La Mónada Jeroglífica, John Dee, Amberes 1564) al que rebasa «indefinidamente» en ambos sentidos. Como explica René Guénon en El simbolismo de la Cruz, «la manifestación del ser en este estado será determinada por la intersección de la vertical considerada con el plano horizontal» o en otros términos, «la naturaleza individual de un ser resulta ante todo de lo que es en sí mismo ("Personalidad", "Sí") y, secundariamente, de las influencias del medio».
Naturalmente, esas influencias sólo juegan un papel muy secundario respecto al eje vertical que vincula el individuo al Sí, a su Principio, puesto que —siempre según Rene Guénon— «es evidente que el punto de intersección no es uno cualquiera sino que está determinado por la vertical de que se trata, en cuanto que esta se distingue de cualquier otra, es decir, en suma por el hecho de que ese ser es lo que es, y no lo que es un ser cualesquiera manifestándose igualmente en el mismo estado». De lo que resulta lógicamente que el medio en el que un ser se manifiesta está determinado por una incontestable «afinidad» con las posibilidades que lleva ese ser en su seno, en el estado principal, posibilidades que piden manifestarse según modalidades en relativa armonía con su naturaleza profunda. Vemos que la parte del «azar» se reduce a nada, y se puede decir en suma que el ser «eligen verdaderamente el medio en el que va a nacer.
Así, lo que aparece —si nos atenemos únicamente al plano horizontal que evocábamos hace un momento— como una influencia del medio deviene, si nos remitimos al eje vertical y si adoptamos un punto de vista metafísico, la expresión en algún modo simbólica de las posibilidades que el ser estaba desde toda la eternidad destinado a manifestar, en tal estado de existencia determinado. Se trata aquí de su «signatura», en el sentido hermético de la palabra.
Debemos decir, ahora, que el número de las influencias del medio —tanto corporales como psíquicas— es indefinido, y no podrían por tanto ser estudiadas separadamente, de un modo analítico. Para el estado humano que aquí nos interesa, son sintetizadas por los astros «fijos» y «móviles» que constituyen el medio cósmico. Es decir que las influencias astrales no son tanto, como se podría creer, las influencias de los astros propiamente dichas (las únicas que consideran los astrólogos modernos), en el sentido en que, por ejemplo, la luna influencia las mareas, como las influencias de que los astros son símbolo. Los astros considerados por la astrología judiciaria son de hecho «las luminarias creadas para ser signos», de que habla el Génesis (I,14).
Pasando del taoísmo al budismo, consideremos ahora lo que sucede cuando un ser nace en el mundo corporal en un momento y un lugar dados.
Hemos visto que un ser tal había determinado su destino ulterior, terrestre en este caso, en una de sus existencias anteriores (que se situaban pues, para volver a nuestro esquema cruciforme, sobre el eje vertical, bajo la espira correspondiente al estado humano). Nace a esta nueva existencia cuando el complejo de las condiciones cosmológicas correspondiente a las causalidades engendradas por sus acciones anteriores, se encuentra realizado. Es lo que indica este sütra (NT: texto en prosa en el que se expresan aspectos de la doctrina budista): «Bhiksus, los actos no se pierden. Incluso después de millones de ciclos cósmicos, estando realizado el complejo de las condiciones apropiadas, ellos fructifican y producen sus efectos». En el caso de un nacimiento humano, el estado del medio cósmico está definido por las posiciones de los diversos astros, con relación al individuo que nace y al momento de su nacimiento.
El sistema cósmico así considerado con relación al estado humano, comporta dos categorías de elementos:
I. Los unos son comunes a todos los seres que nacen en un instante dado. Se trata de los elementos cosmográficos que corresponden para toda la Tierra a la posición:
a) del Sol con respecto a la Tierra en su ciclo anual;
b) de la Luna con respecto a la Tierra en su ciclo mensual;
c) de los otros cinco planetas astrológicos con respecto a la Tierra.
Esas posiciones son las posiciones en las órbitas elípticas, con respecto al perigeo;
d) del Sol, de la Luna y de los otros planetas con respecto al eje polar y al ecuador de la Tierra, es decir a la posición con respecto a lps «nodos». Para el Sol, es esta la posición que determina el Zodiaco.
Por otro lado, esos astros «móviles» deben ser considerados en sus relaciones con las «estrellas fijas».
Por último, las relaciones mutuas de posiciones entre esos diversos elementos constituyen los «aspectos».
II. El modo en que se traducen para el individuo los elementos generales válidos para toda la Tierra, que acabamos de considerar, es expresado por elementos individuales ligados al lugar de nacimiento, siendo el lugar por excelencia un elemento individual en la existencia corporal.
Esos elementos individuales que corresponden a las relaciones entre la causalidad general en acción para toda la Tierra en el instante del nacimiento, y la causalidad concordante que desarrolla la serie individual considerada, son lo que se llama las «Casas» astrológicas.
A partir del nacimiento, y durante todo el curso de su existencia terrena, el individuo humano ve desarrollarse correlativamente en sí mismo y en el Cosmos las causalidades implicadas por las condiciones generales, especiales e individuales, existentes en el instante de su nacimiento y consideradas más arriba.
Lo que se ha llamado las «direcciones» indica el estado de manifestación o de desarrollo de esas condiciones que definen al individuo, y de las causalidades en acción y reacción mutuas en el curso de la existencia. El ciclo constituido por el intervalo de dos pasos consecutivos del Sol por la misma posición, con respecto a las Casas, para el lugar de nacimiento, corresponde al ciclo anual para el transcurso de la existencia. Además, y que sepamos esto no ha Sido dado a conocer hasta ahora, para esta determinación de las direcciones, el sistema de las Casas ocupa una posición invariable con respecto al Sol o, si se prefiere, el Sol determina la posición de las Casas, de tal suerte que él resulta ocupar perpetuamente la misma posición durante todo el curso de la existencia. Las «direcciones» constituyen así el desarrollo principal de las condiciones incluidas en el estado del Cosmos en el instante y el lugar de nacimiento. En cuanto a los «tránsitos», indican la realización de ese desarrollo.
Las relaciones entre el tema de nacimiento, el tema de dirección y los tránsitos, corresponden a las relaciones entre los tres órdenes de cosas de que se trata.
De todo lo que precede, es importante retener que la astrología judiciaria, aunque completamente legítima en su dominio, no puede alcanzar más que la forma individual. La orientación espiritual del ser, las influencias espirituales y de un modo general todo lo que se sitúa más allá del estado humano, no son de su incumbencia. De todos modos, en la medida en que esas manifestaciones no-humanas se apoyan de alguna manera en los individuos, se someten por ello mismo a las condiciones de los estados individuales humanos y son por tanto, aunque sólo en su «exterioridad», del dominio de la astrología judiciaria. Pudiendo esta última juzgar únicamente esas manifestaciones y no lo que las engendra...
Hemos tomado aquí como base de nuestra demostración el caso de un ser individual, pero es evidente que para hacer uso de esta utilización de la astrología judiciaria en el contexto nostra-dámico, que pone en juego la mayoría de las veces naciones en lugar de individuos, conviene sólo pasar del particular al general y considerar el tiempo y el lugar no ya en función de un ser, sino de una colectividad. Fabre d'Olivet, en La lengua hebraica rehabilitada, resume acertadamente las diferentes aplicaciones que se pueden hacer de la astrología hablando, a propósito de las «luminarias» del Génesis, de «centros de luz destinados a servir de signos futuros, tanto para las divisiones temporales como para las manifestaciones y las mutaciones ontológicas de los seres».
Pedimos disculpas a nuestro lector por haber sido un poco extensos, y un poco arduos quizás, pero pensamos que era indispensable hacer algunas aclaraciones sobre una ciencia tradicional que ocupa un lugar tan importante en la obra de Nostradamus y que, repitámoslo de nuevo, está tan absolutamente olvidada en sus principios por los occidentales modernos. También por esa vía vemos cuan ridicula es la interpretación «cientifista» del señor de Fontbrune.
Terminaremos diciendo que la astrología, como toda ciencia tradicional, requiere para ser puesta en práctica una capacitación especial y una transmisión, y que su ejercicio lejos de responder a la vana curiosidad debe estar siempre justificado por una necesidad imperiosa. Es por ello que los que la conocen no la ejercen, y los que no la conocen la ejercen...