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id da página: 7301 Abandono de Abraão

Abandono de Abraão

JACQUES CAZEAUX — FÍLON DE ALEXANDRIA

Abandono de Abraão

No abandona ya un país, definido por redundancia como su tierra, el lugar donde habita su familia y su casa. Deja interiormente unas realidades interiores: su cuerpo, para consentir en la fabricación original del hombre; su sensación, para prestar más atención a la segunda parte de su ser, el pensamiento; y hasta deja el lenguaje, se calla, para aprender sin duda una lengua distinta. Toda esta anécdota viene a colocarse por simbolismo — por alegorización — al lado de una historia del alma singular. Palabra a palabra, todos los detalles del texto base, el de Gen 12,1, encuentran una traducción moral. De paso, y para que pueda medirse igualmente toda la sutil inteligencia de este texto, hagamos unas sencillas indicaciones. En primer lugar, de las tres palabras alegorizadas, la última, la palabra, es la que se lleva la parte del león. Se trata de un principio de escritura rabínica, o por lo menos filoniana: no se deja nada en la sombra, sino que se las arregla para destacar el término deseado. Abrahán deja la tierra, es decir el cuerpo; bien. Deja su parentela, es decir la sensación; bien. Deja el lenguaje expresado; y entonces toda una serie de razones «exegéticas» viene a explicar largo y tendido el valor de este símbolo. Para que todo quede bien claro, añadamos que Filon ha «traducido» discretamente el valor imperativo de la orden dada a Abrahán: «Sal de tu tierra...», y prefiere decirnos en las primeras líneas: «Dios empieza por darle un impulso...)'.

Otra observación: si nos fijamos bien, el encadenamiento de los tres simbolismos (tierra-cuerpo, parentela-sensación, lenguaje expresado-padre) asegura una progresión y no se trata de ir desgranando unas cuantas equivalencias más o menos casuales En este caso, las tres interpretaciones remiten todas ellas a la creación; la cosa está clara en lo relativo a tierra-cuerpo y a la palabra que nos hace volver al relato del c. 1 del Génesis, en donde Dios crea todos los días y todas sus obras por la palabra; pero también es verdad para la parentela-sensación, ya que hemos de ver en el trasfondo la creación de Eva, mujer de Adán, que simboliza siempre en Filon a la parte sensible del compuesto humano.

Más todavía, si el cuadro sigue estando centrado en los dos primeros capítulos del Génesis1 , hemos de añadir también su progresión. Hay una conveniencia entre el cuerpo mortal y la sensación irracional: se trata de dos mundos inferiores, ligados entre sí y decepcionantes. Sin embargo, la sensación ha sido dada por Dios como compañera del espíritu (recordemos: Eva y Adán) para formar un todo homogéneo, una cosa, como dice Filon. Pues bien, he aquí que el lenguaje, testigo del espíritu por su dominio y su autonomía, tiene precisamente una autonomía y nos permite analizar esa curiosa unidad entre el pensamiento y la sensación que se celebra en la segunda equivalencia. El lenguaje unas veces se expresa y otras se recoge silenciosamente en el pensamiento puro, lo mismo que el dueño de la casa que posee una finca, unos establos, unas dependencias, pero que se retira a su propia casa, con sus hijos2 . Vamos subiendo por la escala del ser. Y he aquí el término: el que no se ha proyectado únicamente en los sonidos dispersos de la palabra expresada adivina que su propio mundo interior imita a la gran creación, en donde Dios ha dejado el logos, a la vez inexpresable y presente en el mundo, para que lo dirija, lo ordene y haga subsistir todas las cosas.

Pero lo que resulta extraño a primera vista es que el perfil del hombre que acaba de trazarse, desde el cuerpo hasta la imagen del logos, es noble, positivo, elevado y exaltante. Entonces, ¿por qué tiene que abandonar Abrahán todo eso? Respondamos con Filon sin medias tintas: es para volver a encontrarlo. En una palabra, que ha de ser aquí necesariamente rápida: Abrahán tiene que alejarse porque, aunque quizás ejerza esa buena filosofía, no sabe todavía que todo aquello se le ha dado. En particular — de ahí la insistencia en el tercer término, el lenguaje — tendrá que aparecer ante nosotros como el aprendiz del lenguaje justo, proporcionado, que no confunde al mundo con su autor. Necesita un cuerpo digno, para morir en él noblemente; necesita un buen equilibrio de los sentidos y del espíritu, para poder dominarlo; necesita finalmente una gran conciencia del espíritu, para someterlo a, la revelación del espíritu y del logos.

Pero vamos más aprisa que el lector... El lector quizás vislumbra la utilidad de la alegoría, su coherencia por lo menos, y su fuerza. Una física de los elementos con el cuerpo; una psicología, con la composición de la sensación y el pensamiento; una metafísica o teología, con la habitación de Dios, que es el logos3 . Se esboza además o se supone una economía del saber. Finalmente, la asociación de fórmulas filosóficas y de citas bíblicas se piensa que demuestra de pronto esa armonía preestablecida que existe, para Filon, entre el buen uso de la razón y la verdad revelada.


NOTAS:
1 Esto supone la regla de que la Escritura de aquí explica la Escritura de allá.
2 ¡Olvidémonos de la dueña de la casa, de la mujer, pues entonces todo el juego alegórico se vería tremendamente desconcertado en su código! La única mujer que podrá engendrar esos hijos será una virgen.
3 Una página como la que leemos debió impresionar a los primeros cristianos; el evangelio de Juan habla de ese logos, en griego, o verbo, en latín. ¡Y ese logos es la habitación de Dios