Da mesma forma, todas as verdades devem ser utilizadas em nossas travessias; mas não devemos continuar a nos agarrar a elas uma vez que já tivermos chegado ao outro lado. Devemos nos desapegar até mesmo da mais profunda intuição ou do mais salutar ensinamento; que dirá, de ensinamentos não salutares".
Hemos recurrido más de una vez a la noción budista del upâya, de la «estratagema salvadora»: pues bien, el upâya, por el hecho mismo de que es un medio «santificado por el fin», tiene un cierto derecho a sacrificar la verdad a la oportunidad, es decir, tiene este derecho en la medida en que una determinada verdad queda aparte de su propia verdad fundamental y de la estrategia espiritual correspondiente.
El upâya, para ser eficaz, debe excluir; la vía de «Dios en sí» debe excluir la de «Dios hecho hombre» — a la vez que conserva un reflejo de ella, reflejo cuya función será secundaria — e inversamente; el Islam, so pena de ser ineficaz, o de ser otra cosa que él mismo, debe excluir el dogma cristiano; el Cristianismo, por su parte, debe excluir el axioma característico del Islam, como ha excluido desde sus orígenes el axioma del Judaísmo, el cual coincide con el del Islam desde el punto de vista considerado. Las Epístolas de San Pablo muestran cómo el Apóstol simplifica el Mosaísmo con la intención de apoyar el Cristianismo en el doble aspecto doctrinal y metódico; de modo análogo, todo lo que en la imaginería musulmana choca a los cristianos debe interpretarse como un simbolismo destinado a despejar el terreno con vistas a la eficacia del upâya muhammadiano. Para comprender una religión es inútil pararse en su polémica extrínseca; su intención fundamental está en su afirmación intrínseca, que da testimonio de Dios y conduce a Dios. La imaginería no es nada, la geometría subyacente lo es todo. [Frithjof Schuon: Traços da religião perene]
Ibn Arabi denomina makr (recíproco) la relación entre Noé y su pueblo. El término significa «estratagema», «artificio» o «astuto ardid» y se basa en un versículo coránico: «Y trataron de engañar con un gran ardid» (LXXI, 22). Affifi explica esta situación con gran lucidez:
Hacer un llamamiento a los idólatras que, en realidad, rinden culto a Dios de esa forma y decirles que no adoren a los ídolos, sino sólo a Dios, es susceptible de producir una falsa impresión, como si los idólatras estuvieran adorando [en los ídolos] algo distinto de Dios, cuando en realidad no hay nada «distinto» de Dios en el mundo.
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