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id da página: 6947 Amarelo Sagrado

Amarelo Sagrado

AMARELO SAGRADO

Simbolismo

Frédéric Portal: Do Simbolismo das Cores

El oro y el amarillo recibieron en la lengua sagrada la acepción particular de revelación hecha por el sacerdote, o de doctrina religiosa enseñada en los templos. Ambos representaron la iniciación en los misterios, o la luz revelada a los profanos.

Anubis es la personificación del iniciador egipcio; se le atribuyó el perro porque este dios era el guardián de la doctrina santa que contenían los santuarios; los monumentos egipcios lo representan con la cabeza de perro, y tanto Virgilio como Ovidio le dan el nombre de ladrador, latrator. Sirio, la estrella del perro, era según la mitología de los persas el centinela del cielo y el guardián de los Dioses; el enfermo imploraba su socorro antes de morir, y daba con su mano un poco de comida a un perro que le llevaban al pie de la cama; el perro ladra — decían —, símbolo de la gran iniciación en los misterios de la muerte.

El color es el hilo de Ariana que nos guía por el laberinto de las antiguas religiones; el perro iniciador que ataca y rechaza a los espíritus de las tinieblas tenía, según el Zend Avesta, amarillos los ojos y las cejas, y blancas y amarillas las orejas. El ojo amarillo era el emblema de la inteligencia esclarecida por la revelación; las orejas blancas y amarillas representaban la enseñanza de la santa doctrina que es la sabiduría divina revelada. Las estatuas de Anubis eran de oro o doradas; el nombre de esa Divinidad, que encontramos también en lengua copta, significaba asimismo oro o dorado, Annub.

Anubis, como personificación de las ciencias humanas, tomó el nombre de Thot, a quien los griegos convirtieron en Hermes y los romanos en Mercurio. Mercurio Hermanubis es el intérprete y el mensajero de los dioses; conduce las sombras a los infiernos; de su boca sale una cadena de oro que se agarra a las orejas de aquellos a quienes quiere conducir, y tiene en la mano una vara de oro; se lo representa con la mitad de la cara clara y la otra mitad oscura, emblemas de la iniciación y de la muerte en los que se reproducía la lucha de los dos principios enemigos, la luz y las tinieblas.

El arte griego, que era esclavo de la belleza de las formas, arrancó a Hermanubis su símbolo característico, la cabeza de perro, mas no por ello este animal, una vez se lo separó de la Divinidad, perdió su significado sagrado; el templo de Vulcano en el Etna, según decían, estaba guardado por perros. Atraían por sus caricias a los hombres virtuosos, mientras que despedazaban a los impíos.

Mercurio era la Divinidad tutelar de los ladrones : los antiguos veían en este atributo un símbolo de los misterios sustraídos al conocimiento del vulgo; los sacerdotes ocultaban el oro, símbolo de la luz, a las miradas de los profanos.

La fábula de las Hespérides ofrece una nueva prueba del significado que al oro se daba en los misterios.

«Según Hesíodo, las Hespérides eran hijas de la Noche, y según Cherecrates, lo eran de Forcis y Ceto, ambos Divinidades de la mar. Juno, en el momento en que se casó con Júpiter, le dio manzanos que daban frutos de oro; estos mismos árboles se situaron en el jardín de las Hespérides, donde los guardaba un dragón, hijo de la tierra según Pisandro, y de Tifón y Equidna según Ferécides. Aquel horrible dragón tenía cien cabezas, y sus ojos permanecían siempre abiertos, vigilando los manzanos, que poseían una virtud sorprendente. Con una de tales manzanas hizo la discordia pelearse a las tres diosas; con esa misma fruta aplacó Hipómenes a la orgullosa Atalanta. Euristeo ordenó a Hércules que fuese a buscar las manzanas; Hércules se dirigió a unas ninfas que habitaban junto al Eridan para que ellas le dijeran dónde estaban las Hespérides: estas ninfas lo enviaron a Nereo, Nereo lo mandó a Prometeo, y éste le enseñó qué debía hacer. Hércules se trasladó a Mauritania, mató al dragón, llevó las manzanas de oro a Euristeo y cumplió así el duodécimo de sus trabajos.»

Las manzanas de oro son los frutos de la inteligencia que nacen del amor de Dios; Juno los ofrece a Júpiter al unírsele; están guardadas en el jardín de las Hespérides, hijas de las Divinidades marinas, es decir, están guardadas en el santuario de los templos y son confiadas a los iniciados, hijos de las aguas o del bautismo. El dragón, hijo de las tinieblas, de Tifón o de la Tierra, es el emblema de los vicios y las pasiones humanas, que no permiten que los profanos prueben estos frutos espirituales. Hércules, o el neófito, se somete a su último trabajo para apoderarse de ellos. Lo envían a las ninfas y a las Divinidades marinas, y finalmente a Prometeo, que lo inicia en los misterios. Prometeo había formado al hombre del barro de la tierra y le había dado vida con el fuego hurtado a los cuerpos celestes. Nereo y Prometeo, o el agua y el fuego, recuerdan el doble bautismo tanto de las iniciaciones antiguas como del cristianismo.

El sol, el oro y el amarillo eran los símbolos de la inteligencia humana esclarecida o iluminada por la revelación divina. En este sentido dice el profeta Daniel que los inteligentes estarán radiantes de luz, y que los que hayan enseñado a los otros la justicia brillarán eternamente como las estrellas. Salomón expresa el mismo pensamiento cuando dice que la cabeza del hombre sabio es del oro más puros. Jesucristo anuncia que los justos brillarán como el sol en el reino de su padre.

El oro y el amarillo, en el simbolismo cristiano, eran emblemas de la fe. A San Pedro, sostén de la Iglesia y guardián de la santa doctrina, lo representaron los miniaturistas o iluminadores de la época medieval con la túnica amarillo dorado y el bastón o la llave en la mano. Estos mismos atributos eran asimismo los del Mercurio Hermanubis. Y también en la China es el amarillo el símbolo de la fe. Los antiguos equiparaban al oro lo que a su entender carecía por completo de defectos y era hermoso por excelencia; por edad de oro entendían la época de las virtudes y de la dicha, y por versos dorados, según Hierokles, los versos en que se encontraba contenida la doctrina más pura. Esta misma tradición la encontramos en la leyenda dorada de los santos.

Los alimentos de color amarillo dorado se convirtieron en emblema del amor y de la sabiduría de Dios que el hombre se apropia o come para hablar la lengua simbólica. Isaías, el poeta divino, dice que el que vendrá para rechazar el mal y elegir el bien comerá mantequilla y miel. Job exclama que el malvado no verá los torrentes de mantequilla y miel. En el Cantar de los cantares, Salomón se dirige a su esposa mística, cuyos labios destilan un rayo de miel; así, en la Ilíada, de la boca del sabio Néstor manaba la palabra más dulce que la miel. La misma imagen toma Píndaro cuando dice que los vencedores habitarán una tierra abundante en miel.

Virgilio denomina a la miel «don celeste que fluye del rocío», y el rocío era el símbolo de la iniciación. Plinio le da el epíteto de «sudor del cielo», de «saliva de los astros».

El símbolo de la revelación divina se convirtió posteriormente en el de la inspiración sagrada y poética; las llamadas melisas o abejas eran las mujeres inspiradas que profetizaban en los templos de la antigua Grecia; las leyendas populares contaban que en los labios de Platón en la cuna se habían posado abejas, y que Píndaro niño, abandonado en los bosques, se había alimentado de miel; los primeros cristianos y los sectarios de Mitra daban a probar miel a los iniciados, y les hacían lavar las manos con miel. Por último, en los sacrificios de la mayoría de los pueblos de la antigüedad se ofrecían pasteles de miel.

La dulzura de este alimento fue sin duda uno de los motivos de su atribución simbólica, pero la base principal era el color; Ovidio, al querer expresar que la sabiduría esclarece el entendimiento, da a Minerva el epíteto de amarilla, flava minerva. Por el contrario, los alimentos malsanos y silvestres tomaban por su color dorado el sentido inverso. El precursor del Mesías vino a anunciar una nueva revelación en la época en que la antigua estaba olvidada o mal conocida, y en el desierto se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre. Aquí se muestra el primer ejemplo de la regla de las oposiciones.

En el sentido celeste, la luz, el oro y el amarillo marcan el amor divino que esclarece a la inteligencia humana; en el sentido infernal denotan el egoísmo orgulloso que no busca la sabiduría más que en sí mismo, que se convierte en su propia Divinidad, su principio y su fin.

Según San Pablo, Satán se transforma en ángel de luz. Dice Jesucristo : «Cuidad, pues, que la luz que hay en vosotros no sea solo tinieblas». En ese estado de separación de Dios y de aislamiento, el hombre comete un adulterio; mancilla su alma por un amor terreno que debía devolver puro a su creador. En el simbolismo de la Biblia, Sodoma es la imagen de esa degradación que, en sus últimos límites, se traduce en crímenes infames. La misma idea representa el azufre a causa de su color y de su combustión, que produce una humareda sofocante.

La lluvia de azufre que consume Sodoma es la imagen enérgica de las pasiones depravadas que devoran el corazón de los impíos y embrutecen su inteligencia. «El día en que salió Lot de Sodoma — dice Jesús — llovió fuego y azufre del cielo que acabó con todos. Esto mismo pasará el día en que el Hijo del Hombre aparezca; cualquiera que busque salvar su vida la perderá, y cualquiera que la perdiere la salvará.» Así, cuando las pasiones humanas hayan degradado las creencias religiosas, la Divinidad se manifestará de nuevo en la tierra; los que entonces se aferren a la vida terrena perderán la vida eterna, la vida del alma, y los que renuncien a la existencia mundanal salvarán su existencia espiritual.

El sentido que doy a la palabra azufre es absoluto, y no recibe en la Biblia excepción alguna: «La luz de los malos — dice Job —, se apagará, y su fuego no dará brillo, la luz que iluminaba su morada se oscurecerá y su lámpara se apagará; Dios extenderá azufre sobre el lugar en el que establecían su morada; serán arrojados de la luz a las tinieblas, los exterminarán del mundo». El salmista, los profetas y el Apocalipsis confirman el significado de este símbolo.

Por último, el azufre se empleaba en el paganismo para purificar a los culpables28, porque era el símbolo de la culpabilidad.