Causas del sufrimiento.
El hombre es sufrimiento (duhkha), transitoriedad (anitya), ausencia de sí (anatman). El sufrimiento nace de mi deseo y la realidad se muestra tanto más fiuctuante cuanto más me esfuerzo por captarla, aprehenderla e incluso dominarla. El yo no goza de permanencia ni está sólidamente establecido. La ilusión que poseo de mi propia personalidad resulta de la actividad de los «skandhas codiciosos», es decir, de los «agregados» que, al encadenarse, me inducen a creer que «yo» 'soy. Los skandhas de que se compone mi ser son cinco:
el cuerpo,
los sentimientos,
las percepciones,
las emociones, los impulsos,
los actos de la conciencia.
Tao-iu, contemporáneo de Bodhidharma, afirmaba:
Los cuatro elementos están vacíos y los cinco skandhas no existen. A mi parecer, sólo hay una cosa que pueda considerarse real.
Hsiuan-t'seu, discípulo de Huei-neng, definía así el Samadhi (la beatitud):
Huei-neng es mi maestro y, según él, la última verdad se ofrece místicamente serena y en perfecta calma; sustancia y función no deben ser separadas, porque pertenecen a una única y misma esencia. Los cinco skandhas son de naturaleza vacía y los seis objetos de los sentidos carecen de realidad. La verdad no conoce ni entrada ni salida, ni agitación ni calma. El dhyana (la meditación), en su esencia, no tiene residencia fija. Si no os comprometéis a una residencia fija, permaneceréis serenos en el dhyana. El dhyana en su esencia carece de nacimiento; sin adheriros a la idea del nacimiento (y de la muerte), pensad en el dhyana. Disponed vuestro espíritu como el espacio, pero no tengáis, sin embargo, ninguna idea espacial.
La «vacuidad» de lo que nos hemos acostumbrado a llamar nuestro yo no hay que entenderla en sentido intelectual: los cuatro elementos, los cinco agregados, las operaciones de la conciencia despierta habitual, todas las cosas de cuya realidad e importancia no sólo no dudamos, sino que incluso pretendemos para ellas la «eternidad»; es, por el contrario, preciso renunciar a ellas, entrar en nosotros mismos y penetrar en el reino interior para permanecer allí largo tiempo.
Sólo entonces podrá brotar esta «flor espiritual» de que hablan los maestros. El Universo aparecerá en su esplendor primigenio. La Realidad no suscitará duda alguna. Y, sin embargo, esta experiencia es incomunicable. Todos los maestros lo han asegurado: la «verdad del Zen» no hay que buscarla en los libros, sino en uno mismo, en la profundidad del propio yo, en la intimidad del corazón y en la pureza de una mirada limpia.
Es preciso advertir la manera no especulativa con que los maestros tratan lo que se llama desacertadamente «conceptos fundamentales del budismo» (en una palabra, nulidad de la visión ordinaria) y la desconfianza que tienen respecto al intelecto.
Así se aclara la siguiente frase del Sermón de Benarés:
Los cinco elementos que constituyen nuestro ser son sufrimiento.