Estado paradisíaco, estado paradisíaco
VIDE: Paraíso
Jean-Claude Larchet: TERAPÊUTICA DAS DOENÇAS ESPIRITUAIS
Adán se unifica a sí mismo y unifica a todos los otros seres en él por la perpetua contemplación de todas las cosas del Dios Uno, no había entonces división, ni en el hombre mismo, ni entre el hombre y sus semejantes (Atanásio de Alexandria), ni entre el hombre y los otros seres, ni entre los otros seres entre sí. La paz reinaba en todos y en todo. El hombre llevaba en el Paraíso una vida «sin tristeza ni dolor, sin preocupaciones» (Atanásio de Alexandria), «poseyendo los dones de Dios y el poder propio proveniente del Verbo del Padre (...) vivía una vida sin inquietud» (Atanásio de Alexandria), «no tenía ninguna enfermedad interior, con su carne en perfecta salud, en su alma perfecta serenidad» (Agostinho de Hipona). «Fiebre, movimiento (desordenado), locura irracional y avidez en sus entrañas, nada de esto existía todavía, sino que la vida para él transcurría sin rebeldía y la existencia sin tristeza» (Simeão Novo Teólogo).
El hombre en el Paraíso poseía sus «facultades sanas y estables, en su estado natural», y en tanto se mantuviera en el estado natural en el cual había sido creado, de unión permanente con Dios, poseía la integridad de sus facultades (Doroteo de Gaza). «Entonces — dice s. Gregorio de Nisa — el género humano tal como se lo puede concebir, gozaba de salud, ya que sus elementos — me refiero a los movimientos del alma — estaban equilibrados en nosotros según las leyes de la virtud».
El estado paradisíaco en el cual el hombre vivía según su naturaleza primordial, aparecía así como un estado de salud, donde el hombre ignoraba toda especie de enfermedad, tanto en su alma como en su cuerpo, y donde llevaba una vida enteramente normal, conforme a su naturaleza y a la finalidad verdadera de ésta.