Excertos de "INICIACIÓN AL SIMBOLISMO"
El acceso del hombre a los niveles más altos de su evolución intelectual, es similar al viaje del Sol, que todos los días nace en Oriente, navega por el firmamento y muere en Occidente, en los confines de Finisterre desde donde, en su decurso por el Hades y viaje por el fondo del cielo, por sí mismo se va a renovar hasta aparecer otra vez rampante por el Oriente. Es, pues, un Sol siempre invencible, Sol Invictus que en las 24 horas describe los colores (el Mundo, la Vida) y perfecciona la Gran Obra de la Naturaleza. Y este Sol en decurso, que en el alba es el nuevo Sol rampante y surgente, prefigura al Domingo, que celebra la resurrección según expresaba en el siglo V San Máximo de Turín:
«El Domingo es para nosotros un día venerable y solemne porque es aquél en el que el Salvador como el Sol naciente disipando las tinieblas del infierno ha brillado con la luz de la resurrección». Pero si este es el Sol que materializa el rayo del Fiat Lux en su viaje entre los confines del Mundo, en cambio, en la intuitiva e inmediata visión, el Espíritu sólo concibe al Sol en su estación inmóvil en el justo Mediodía. De tal modo la perciben y representan los niños en sus paisajes y los verdaderos artistas en sus iconos donde es, a su vez, el punto de fuga de toda la perspectiva que, de este modo, aparece al «vidente» como invertida. Es, pues, una visión «heliocéntrica», es decir, «teocéntrica», ya que es El el punto de referencia únicamente válido; y el hombre, el servidor, es únicamente Su visión. Por otro lado, este Sol fijo es la Estrella Polar a cuyo rededor giran las estrellas y el Cosmos describiendo círculos concéntricos, según comprobamos en el Paradiso del Dante.
En efecto, Dios se transparenta a través de Maya y de los velos como un Sol inmóvil, fuente de vida y de la multiplicidad de los manifestado. En consecuencia, corresponde al Espíritu, partícipe de la esencia divina y poseedor del órgano de percepción adecuado, el percibirlo como tal Sol fijo; en tanto que el alma, la mente o la psique, de acuerdo a su propia y movible naturaleza, percibe lógicamente al Sol como protagonista de su danza y decurso creador, su muerte y su resurrección, su metamorfosis. Este paralelismo entre la esencia propia y la posibilidad de percepción, la entendemos mejor al darnos cuenta de que «Psique» significa «mariposa», es decir, «mutación».
Es justo, pues, que el espíritu contemple al Sol inmóvil y la psique al Sol danzante, pues suceden las cosas como si uno no se pudiera contemplar sino a sí mismo, como único modo de contemplación del Sí. Y la negación del Espíritu (en correspondencia con la muy de moda negación de Dios) lógicamente acarrea la limitación de la posibilidad de percepción al sólo cuadro fenoménico de que es capaz la psique: entonces, todo es mutación, cambio, movimiento, azar, etc, o bien todo son las operaciones racionales deductivas y analíticas que dan origen a la ciencia tal como hoy se entiende.
Una cultura que no niega al Espíritu (como la nuestra durante la Edad Media y tiempos anteriores) resuelve ese cuadro fenoménico en la Unidad y en el Principio de donde proceden, abocando así a una comprensión total del Mundo o del Cosmos, de su ordenamiento y jerarquía.
En Alquimia, como decimos, el Espíritu es el Azufre, que fija y coagula al movedizo Mercurio, madre de las formas y, de este modo, lo «realiza»; inseparablemente lo asocia.
Pero es triple la naturaleza del hombre; y el cuerpo, llamado a ser cuerpo de gloria, juega un papel importante en la reintegración como territorio que, al igual que ocurre con la psique, el espíritu debe atraer a sí. De otro modo el cuerpo no sería sino el reservorio del metabolismo y del instinto; y el precio de mi cuerpo, por desarmonía radical, sería pecado para mi espíritu.
La realización es identificación de la acción del cuerpo y de la operación de la psique con el espíritu; por lo que la evolución de aquella realización espiritual se emparen-ta con las metamorfosis del Sol, que interesa más contemplar en su decurso anual. Y en éste, en el solsticio de invierno, muere el Sol viejo, y hay resurgencia del «nuevo Sol». Son siempre misterios de muerte y resurrección, ya que morir a un estado es renacer en otro, y la realización espiritual es una transfiguración que exige la pasión de la muerte, iniciática o corporal, según vemos en el Prefacio de la Misa del domingo II de Cuaresma, en que se celebra la transfiguración del Tabor que prefigura la gloria futura: «después de anunciar su muerte a los discípulos les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria para testimoniar de acuerdo con la ley y los profetas que la pasión es el camino de la resurrección».
De modo que aquel «esplendor de su gloria» es el Sol fijo, y la «pasión camino de resurrección» es el Sol danzante.