...a Sol on his zodiacal sign, the Lion. But why was this astrological image represented with the atributes of Justice? The answer lies in a verse of Malachi: "But unto you that fear my name shall the Sun of righteousness arise." On the strength of this line the Fathers of the Church had transformed the supreme god of the Roman Empire, the "Sol Invictus" or Never-vanquished Sun, into a "Sol lustitiae" thereby displacing the natural force of a life-giving and death-dealing astral divinity by the moral power of Christ. This bold equation, well adapted to strike the fear of judgment into the hearts of the faithful, survived for more than a millennium; and in one of the most widely read theological handbooks of the later Middle Ages, the Repertorium morale by Petrus Berchorius, we find a passage which must be regarded as Dürer's direct source of inspiration, all the more so because this handbook had been printed by Koberger in 1489 and again in 1498, the very year in which the engraving was probably conceived. The passage reads: "The Sun of Righteousness shall appear a blaze [inflammatus] when He will judge mankind on the day of doom, and He shall be burning and grim. For, as the sun burns the herbs and flowers in summer-time when he is in the Lion [in leone], so Christ shall appear as a fierce and lion-like man [homo ferus et leoninus] hi the heat of the Judgment, and shall wither the sinners. . . ." [Erwin Panofsky: Contribuição de Antonio Carneiro, texto de The Life and Art of Albrecht Dürer, e imagem seguinte de BNF.Gallica]
Gravura de Albrecht Dürer
La tierra paradisíaca de luz, el mundo de Hûrqalyâ, es pues un Oriente intermedio entre el «Oriente menor», que es el alma levantándose en la cima de su deseo y su conciencia, y el «Oriente mayor» que es el Extremo Oriente espiritual, el pleroma de las Inteligencias puras, que se levanta en la supraconciencia del alma. A esta superposición de Orientes corresponderá la doble valoración simbólica del «sol de medianoche», indicada anteriormente (supra I, 2). En efecto, puesto que el octavo clima, la Tierra celestial de Hûrqalyâ, es calificada de Oriente, y puesto que la dirección que se nos muestra es la del norte cósmico, la «cima del mundo», está claro que no se trata de un Oriente localizable en la extensión de una cartografía terrena. El Oriente orienta aquí hacia el centro que es la cima de la cúpula cósmica, el polo: la Roca de esmeralda en la cima de la montaña de Qâf. Es preciso realizar la ascensión para llegar allí, como llega el peregrino del Relato del exilio occidental, obedeciendo el mandato de un mensaje idéntico al que recibe el príncipe exiliado del Canto de la perla de los Hechos de Tomás (supra II, l). Esta orientación es la de una geografía visionaria que orienta respecto del «clima del Alma», donde están situadas las ciudades de esmeralda iluminadas por el resplandor de una luz interior que ellas mismas generan. Oriente suprasensible que rige el fenómeno primario de la orientación del gnóstico hacia su patria de origen. Oriente-origen que, siendo origen, se identifica con el centro, el polo norte celeste, que se anuncia como el umbral del más allá, allí mismo donde la visión deviene historia real, es decir, historia del alma, y donde todo acontecimiento simboliza visionariamente un estado espiritual; o también como dicen los ishrâqîyûn, el clima «donde lo corporal deviene espíritu y lo espiritual toma cuerpo».
Luz del norte, luz-origen, pura luz interior que no es ni de oriente ni de occidente: los símbolos del norte aparecen espontáneamente en torno a esta intuición central que es intuición del centro. La salida del pozo, la ascensión que lleva a la Roca de esmeralda, hacia el ángel Naturaleza Perfecta, comienza en las tinieblas de la noche. El viaje está marcado por peripecias que representan los estados y los peligros del alma en el curso de esta prueba iniciática. En las proximidades de la cima, resplandece con su brillo el sol de medianoche, imagen primordial de la luz interior que desempeñó tan importante papel en el ritual de las religiones mistéricas (cf. supra II, 1: la luz que lleva Hermes en el interior de la cámara subterránea). Así ocurre con Hermes como héroe del éxtasis escatológico descrito por Sohravardi; hemos recogido ya (supra II, 1) un testimonio concordante de la tradición hermética con la visión en la que Hermes pudo reconocer a su Naturaleza Perfecta en la bella y misteriosa entidad espiritual que se le manifestaba.
Sohravardi amplifica la dramaturgia de esta visión en uno de sus tratados fundamentales. Esta vez Hermes vela durante la noche, meditando en el «templo de la luz» (haykal al-nûr, su propio microcosmo); pero en esta noche brilla un sol. Cuando se manifiesta la «columna de la aurora», es decir, cuando el ser de luz hace resplandecer las paredes del «templo» que lo contenía (aquí hay que recordar la columna gloriae del maniqueísmo, el ascenso de los elementos de luz que se corresponde con el descenso de la cruz de luz), Hermes ve una tierra que se hunde, y con ella las «ciudades de los opresores», engullidas por la ira divina.
Este hundimiento del mundo material sensible, del Occidente de la materia corruptible y de sus leyes, nos remite a la escenografía del Relato del exilio occidental; en éste la llegada al norte cósmico, a la Roca de esmeralda, umbral del más allá, se anuncia con el resplandor del «sol de medianoche» (como en Apuleyo: media nocte vidi solem coruscantem). El sol de medianoche es la illuminatio matutina, el esplendor de la aurora que se levanta en el Oriente-origen del alma, es decir, en el polo, a la par que se hunden las ciudades de los opresores. La aurora consurgens que se eleva en la Roca de esmeralda, clave de bóveda de la cúpula celeste, es aquí la aurora boreal del cielo del alma. Entonces, espantado ante un horizonte desconocido, Hermes exclama: «¡Sálvame, tú que me has alumbrado!» (es el mismo vocativo que utiliza, hay que recordarlo, el salmo dirigido por Sohravardi a su Naturaleza Perfecta). Y Hermes escucha esta respuesta: «Agárrate al cable del rayo de luz, y sube hasta las almenas del trono». Hermes sube, y ve que bajo sus pies hay una tierra y un cielo. Tierra y cielo en los que, con los comentadores sohravardianos (Shahrazôrî e Ibn Kammûna), reconocemos el mundus imaginalis, el mundo autónomo de las figuras-arquetipos, la tierra de Hûrqalyâ, al abrigo de las almenas del Trono que es la Esfera de las esferas, clima del alma que gravita en torno al polo celeste. Los textos sabeos del pseudo-Majrîtî nos habían descrito también a la Naturaleza Perfecta como el sol del filósofo; y Najm Kobrâ designará al «testigo en el cielo» como sol suprasensible, sol del corazón, sol del espíritu. (Corbin Homem Luz)
Posto que o Logos representa o coração do padrão cósmico e da fonte de existência, seu emblema é o Sol, a fonte de Vida e de Luz. Onde este simbolismo originou em um sentido histórico é difícil de afirmar, como um antigo cosmologista poderia dizer, está eternamente revelado pela natureza do Universo. No entanto, Platão usou a imagem do Sol para representar a ideia do uno, do Bem e do Belo, vistos como a fonte da (Existência)) e do Ser.
O que sabemos como certo é que nas escolas pitagóricas e platônicas de Alexandria, o Sol veio a ser tomado como portal ligando as esferas sensível e inteligível, as ordens material e espiritual da existência. Helios era visto como o coração do padrão celestial, e seu aspecto físico era considerado como a manifestação inferior de um princípio superior que poderia ser caracterizado como a Ideia do Logos Solar. Esta doutrina particular permeou toda a cosmologia helênica de um forma ou outra, influenciando o pensamento científico, metafísico e teológico.
Como Deus, o sol eternamente doa de si sem sequer diminuir, assim se estabelece como o mais perfeito símbolo da inefável Primeira Causa. No entanto, entre os ilustrados, o sol ele mesmo nunca foi tomado como representante da Primeira Causa, e era meramente visto como sua imagem e manifestação a um nível inferior de ser, dentro dos confins do espaço e tempo. Em um sentido poético, entretanto, não se disputava com a asserção que o sol é, de maneira material, o deu do universo físico. Por estas linhas, os escritos do Hermetismo sugerem que se deve ver o sol "como um segundo Deus, regendo todas as coisas, e dando luz a todas as coisas vivas no Cosmos, dispondo ou não de almas". Do mesmo modo, em um sentido científico, poucos questionariam o Hino a Hélios de Orfeu, que identifica o sol como a "luz de vida", um epíteto que tem seu paralelo com as linhas de abertura do Evangelho de João (No princípio era o Verbo). [David Fideler: Jesus Christ, Sun of God]
Naturalmente, como Manu Vaivaswata é chamado «filho do Sol», o «Rei do Mundo» tem também o Sol entre os seus emblemas. O símbolo ao qual fazemos alusão, é exactamente o que a liturgia católica atribui ao Cristo, quando lhe aplica o título de Sol Justitiae; o Verbo é efectivamente o «sol de medianoche», isto é, o verdadeiro «Centro do Mundo»; e, além disso, esta expressão de Sol Justitiae refere-se directamente aos atributos de Melki-Tsíedeq. E também de notar que o leão, animal solar, é, na Antiguidade e na Idade Média, um emblema da justiça e, ao mesmo tempo, do poder; o signo do Leão é, no Zodíaco, o domicílio próprio do Sol. — O Sol de doze raios pode ser considerado como representando os doze Adityas; sob outro ponto de vista, se o Sol representa o Cristo, os doze raios são os doze Apóstolos (a palavra apóstolo significa «enviado» e os raios são também «enviados» pelo Sol). Por outro lado, pode-se ver no número dos doze Apóstolos uma marca, entre muitas outras, da perfeita conformidade do Cristianismo com a tradição primordial. [René Guénon: REI DO MUNDO]
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