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id da página: 7487 Marius Schneider ORIGEM MUSICAL DOS ANIMAIS SÍMBOLOS

Realidade Rítmica

Inconstância dos objetos e realidade rítmica

El pensar místico atribuye a estos ritmos comunes una realidad absoluta, mientras que no concede igual realidad a los diferentes objetos en los cuales se manifiestan los ritmos dados. El ritmo de la cólera que se repite siempre igual, tanto en la tempestad como en los animales, en el mar como en los seres humanos, es una de aquellas especies rítmicas reales, mientras que la realidad de los objetos a los cuales se comunica esta especie rítmica si.empre queda muy difusa. De la misma manera un movimiento de ondulación común (en un momento dado), a tal onda del mar, a tal aspecto de dorsos de un rebaño en movimiento o a tal línea ondulante, que una ventolera imprime a un grupo de arbustos, puede motivar la identificación mística de estos tres fenómenos. Arboles, mar y rebaño sólo son planos paralelos de una manifestación pasajera de la misma especie rítmica que por sí misma constituye una realidad.

Se imponen unas semejanzas muy plásticas con la psicología infantil. Como entre los primitivos, la capacidad peculiar de los niños se basa en la captación y en el vencimiento, no de lo elemental, sino de totalidades rítmicas más complejas. Asimismo, los niños conceden poca importancia al objeto preciso mediante el cual se realiza un ritmo. Un niño de la ciudad, que observamos durante mucho tiempo, al ver por primera vez una hormiga que corría en línea recta y muy de prisa, exclamó: « ¡Auto, auto! » Esta «identificación» con el coche sólo se hizo con la hormiga y nunca con otros animales (moscas, arañas, ratones, escarabajos), que le mostramos en iguales condiciones. La sencillez extrema del ritmo, el movimiento ininterrumpido, rectilíneo y muy rápido en proporción al tamaño del cuerpo casi inmóvil del animal decidieron la identificación. El ritmo ambulatorio le parecía específico tanto para el coche como para la hormiga.

Cuando se considera la vida de un pueblo verdaderamente primitivo cuya cultura material posee tan pocos objetos especializados y estereotipados en su aspecto exterior, no tiene nada de extraño que uno no atribuya la última realidad al objeto mismo, sino sólo al ritmo de su finalidad, es decir, al ritmo que solamente ha de ampliar este objeto. Por eso un mismo objeto puede cambiar completamente de significado, por decirlo así, de existencia, según el ritmo o el empleo al cual está sometido. Una «cesta» sirve para transportar reunidos varios objetos; pero, si la coloco sobre la cabeza, esta «cesta» cesa de ser cesta y llega a convertirse en «sombrero». Así un objeto dado cambia de significación según el ritmo de finalidad que lo invade. ¿Cómo admitir, pues, que un individuo sea de verdad siempre el mismo (un valor constante), al considerar que tal individuo tan querido en otros tiempos puede un día volverse un enemigo encarnizado? ¿Cómo sería posible que el mismo individuo, tan amable y humano en otros tiempos, adoptara un día el ritmo terrorífico del león, si su forma exterior fuera algo más que un recipiente, una zona de resonancia invadida sucesivamente por una serie de especies rítmicas distintas cada vez? ¿Cómo podría efectuar el hombre mago su viaje al país de los espíritus o transformarse en aguar, en serpiente o en águila, si su cuerpo fuera un objeto constante? iay que admitir que la forma exterior de los individuos o de los objetos es de poca monta y que existe algo más esencial y oculto bajo las formas exteriores: son los espíritus, que nos invaden o, en nuestro lenguaje, estos fenómenos dinámicos complejos que llamamos ritmos. Al lado de los ritmos estrictamente individuales existe una especie rítmica determinada que invade con pequeños matices a todos los niños y otra a todos los ancianos; la primera especie es el ritmo de niñez y la segunda es el de vejez. Los hay de amor o de odio y éstos se manifiestan iguales en todos los fenómenos de Naturaleza. Son ritmos típicos que se especifican en los varios planos de la Naturaleza, ora bajo la forma de un animal apacible, de un pájaro canoro o de un día de primavera, ora como una tempestad, un ave de rapina o una imprecación. Por eso, un mismo objeto, puede dejar de ser el mismo e incluso llegar a emparentarse con otro objeto al cual poco antes era totalmente ajeno, según el momento, la especie rítmica o el espíritu que le invade.