Skip to main content
id da página: 8882 Teofano Ascese Teofano

Teofano Ascese


Aquí termina la etapa propiamente ascética de la ascensión espiritual. Es una etapa — la hemos visto — dura, ardua, penosa, imprescindible. Los maestros de la espiritualidad del monacato han explicado esta necesidad de diversos modos, pero todos coinciden en subrayarla. Hay que sufrir y hacerse violencia para llegar a ser verdaderamente monje. Es preciso ejercitarse en el ascetismo corporal y espiritual, trabajar duramente, vivir en la soledad, observar el silencio, ayunar, pasar en vela largas horas de la noche, soportar la pobreza y desnudez, guardar castidad perfecta, luchar denodadamente contra las pasiones y los demonios, humillarse, obedecer, esforzarse por conquistar todas las virtudes... Es un programa largo, penoso, fatigoso, agotador. Es el "martirio espiritual" de que hablan los padres, el "segundo martirio", el "martirio de nuestra conciencia".

Los verdaderos monjes — tal es la doctrina común — sufren con Cristo el suplicio de la cruz crucificando su propia carne y su propia voluntad y muriendo a todas las cosas de este mundo. A la pregunta: "¿Quién podrá llegar al término del arduo camino de la vida monástica? ," Filoxeno de Mabbug responde: "No se puede llegar án más que por la muerte, pues nuestro Señor ha decretado la muerte de cruz para el que marcha por este camino".

Esta muerte mística explica por qué los monjes antiguos no cultivaron especialmente la liturgia. Los textos relativos a este punto son claros y relativamente abundantes. Los padres de la vida monástica consideraron que la gracia se comunicaba a los monjes no sólo a través de su profesión, de su ascetismo, de su continua mortificación; del mismo modo que los mártires la recibían a través de la muerte sufrida por Cristo. De ahí que la vida monástica, y luego más concretamente la profesión, fuera llamada un "segundo bautismo". Su mística crucifixión con el Señor, su martirio incruento vino a ser, por así decirlo, el sacramento peculiar del monje. Más aún, el holocausto de la propia persona en toda su integridad, fundamental en la vida monástica, constituye para los antiguos una consagración a Dios, un sacrificio, una liturgia. Según esta mentalidad, los solitarios, presentes en el corazón mismo de la Iglesia pese a su separación física de la comunidad humana, ejercen un sacerdocio espiritual. Es éste uno de los temas más arcaicos del monacato. "¿A qué templo puede ir el hombre espiritual, cuando él mismo es el templo de Dios? ." San Efrén había escrito, mucho antes, de los solitarios: "Sus cuerpos son templos del Espíritu; sus almas, una iglesia; su oración, un incensario puro". Y en otro pasaje: "En vez del edificio de la iglesia, se hicieron a sí mismos templos del Espíritu Santo, sus mentes sirven de altares, y sus oraciones son ofrecidas a Dios en lugar de sacrificios".