VIDE: mana
As noções que provêm em linha reta do sacerdócio neolítico encontraram sua mais alta expressão na filosofia platônica. Esta vestiu de uma forma prestigiosa as crenças iniciáticas perenes que compartilharam todas as nações da terra. Neste sentido pode se dizer que todos os povos foram em certo grau platônicos. Em muito, os selvagens permaneceram mais fiéis que o filósofo grego às concepções fundamentais. Platão viu na Ideia, substância interior do ser humano, uma realidade unicamente espiritual, o que fez deformar seu sistema e determinou as judiciosas críticas de Aristóteles. Os selvagens não esquecem jamais que o dinamismo interno é igualmente material, embora escape às leis da matéria espacial.
A noção egípcia do ka é bem conhecida. Os Fravashis e os Ferouers do Irã são não menos notórios (Ferouer = reunião da Fravashi e da alma). Mais ignoradas, mas não menos interessantes, são a fylgia dos Escandinavos, a haltia finlandesa, a tengri mongol, a salvo dos lapões, o genius e a juno dos latinos, etc. Frequentemente estas realidades dinâmicas interiores ao homem desempenham um papel de anjos guardiões, ou após a morte, aquele de Damas Brancas. — O ombwiri do Gabão se aparenta a estas concepções. segundo M. Le Roy, a ideia de um princípio subjacente ao ser físico do homem se exprime, nos povos bantus, por três raízes verbais: 1) primeiro pelo radical -ima, que significa ser ereto, se manter em pé, e por extensão ser vivente: este radical deu nascimento ao nome concreto coração, empregado ora em sentido próprio, ora em sentido figurado, e a vários nomes abstratos: vida, princípio de vida, consciência, alma humana, manes, segundo uma gradação fácil de compreender; 2) de outras línguas, em maior número, marcaram as mesmas ideias sobre a noção primitiva e universal, de sopro; 3) em um terceiro grupo enfim, é a palavra utilizada para designar a sombra humana que serve para designar a alma. Retomando uma justa observação de H. Schell, o mesmo autor adiciona que não para chegar ao conceito de alma que a sombra, o sopro, etc., foram empregados: eles simplesmente forneceram, por comparação e analogia, imagens e uma denominação: o que permitiu uma colocação progressiva, e uma tradução mais adequada, em linguagem simples, das noções primordiais, inerentes ao pensamento humano.
Qualquer que seja o vocábulo que a designe, é esta realidade inapreensível subjacente que é considerada, na África negra, como o princípio de vida; ela é também «uma espécie de substância etérea que, durante o sono do corpo, recebe a visita de outros espíritos, que vai vê-los, que se ocupa, que sonha. Ela é ainda uma voz íntima que inspira bons ou maus sentimentos; que leva ao bem ou ao mal, nos causa alegria e remorsos. A sombra — mais marcante e mais vivente nos países do sol que não os nossos — tranpõe esta realidade ao exterior. Finalmente por extensão, o Negro atribui uma forma ou segundo a expressão uma maneira, a tudo o que é: ao mineral, à planta, ao animal. Discerne-se claramente aqui, por qual caminho a filosofia espontânea dos negros junta-se à filosofia de Platão e à filosofia eterna. [Pierre Gordon: Imagem do mundo na antiguidade]
Hay tal vez otra vía para llegar a la comprensión del fenómeno [Khezr] tal como se da entre los sufíes. Parece justo que sea Sohravardí quien nos la indique, pues su intención armoniza perfectamente con la de Ibn Arabi. En uno de los relatos de Sohravardí que podemos considerar de «autobiografía espiritual», el titulado «El Arcángel purpúreo», el místico es iniciado en el secreto que permite franquear la montaña de Qáf, es decir, la montaña cósmica, y alcanzar la Fuente de la Vida. Se asusta al pensar en las dificultades de la empresa, pero el Ángel le dice: «Ponte las sandalias de Khezr». Y, para concluir «Aquel que se bañe en está fuente quedará preservado para siempre de toda mancha. Quien haya encontrado el sentido de la Verdad mística, ha venido a esta fuente. Cuando sale de ella ha conseguido la capacidad que le hace semejante a ese bálsamo del que una gota depositada en la palma de la mano, colocada al sol, la traspasa. Si eres Khezr, también tú puedes franquear sin dificultad la montaña de Qáf». Y el «Relato del exilio occidental» describe el viaje que conduce a la cima de la montaña de Qáf, al pie de la Roca esmeralda, el Sinaí místico, allí donde mora el Espíritu Santo, el Ángel de la humanidad, al que el filósofo identifica en este mismo relato con la «Inteligencia agente», en la base de la jerarquía de las Inteligencias querubínicas. Es necesario prestar especial atención al elemento esencial de la respuesta: «Si eres Khezr... ». Esta identificación está en concordancia con el sentido que, como enseguida veremos, da Ibn Arabi a la investidura del «manto» de Khezr, de acuerdo con el significado general de este rito cuyo efecto es la identificación del estado espiritual de quien recibe la investidura con el estado espiritual del que la confiere.
Lo que así se propone es el sentido que debe darse al hecho de ser discípulo de Khezr. Ahora bien, si, por una parte, la, persona de Khezr no se reduce a un simple esquema-arquetipo, por otra, la presencia de su persona es sin duda experimentada en una relación que hace de ella un arquetipo; para que fenomenológicamente esta relación se muestre, es necesaria una situación que le corresponda en los dos términos que la fundamentan. Esta relación implica que Khezr sea experimentado simultáneamente como persona y como arquetipo, como persona-arquetipo. Por ser un arquetipo, la unidad y la identidad de la persona de Khezr se concilia con la pluralidad de sus ejemplificaciones en aquellos que a su vez son Khezr. Tenerlo por maestro e iniciador es tener que, ser lo que él mismo es. Khezr es el maestro de todos los sin maestro, porque muestra a todos aquellos de los que es maestro cómo ser lo que él mismo es: aquel que ha alcanzado la Fuente de la Vida, el Eterno Adolescente, es decir, como lo precisa el relato de Sohravardí («Si eres Khezr... »), aquel que ha alcanzado la haqiqa, la verdad mística esotérica que domina la Ley y emancipa de la Religión literal. Khezr es el maestro de todos ellos porque muestra a cada uno cómo alcanzar el estado espiritual que él mismo ha alcanzado y tipifica. Su relación con cada uno es la relación de lo ejemplar o la ejemplaridad con quien la ejemplifica. Así puede ser a la vez su propia persona y un arquetipo, y es siendo lo uno y lo otro como puede ser el maestro de cada uno, pues se ejemplifica tantas veces como discípulos tiene, siendo su función la de revelar cada uno a sí mismo. [Corbin Ibn Arabi]
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