René Guénon: O CENTRO E A CIRCUNFERÊNCIA; O TRIPLO RECINTO DRUÍDICO
Gérard Champeaux e Dom Sébastien Sterckx: Excertos de "Introduction au monde des symboles
El círculo es el segundo símbolo fundamental. Las estrellas circumpolares dibujan incesantemente su figura sagrada en el cielo, y más aún en el psiquismo de quienes le observan. En torno a la Estrella fija, el círculo fijo de cada estrlla aparece como la primera manifestación del Punto primordial. El círculo es primeramente un punto desarrollado; participa de su perfección. Por eso, el punto y el círculo tienen propiedades simbólicas comunes: perfección, homogeneidad, ausência de distinción o de división. Si en esto no es necesario insistir, en cambio, nunca se repetirá bastante que tal simbolismo carece de valor hasta tanto no haya sido objeto de una autêntica experiencia humana, lo que nada tiene que ver con una enumeración de nociones abstractas. Entonces, y sólo entonces, nos maravillamos de la intensidad de lo sagrado, que emana de todas las formas circulares que encontraremos en este estúdio.
El círculo puede también simbolizar, no sólo las perfecciones ocultas del Punto primordial, sino sus efectos creados; dicho de otro modo, el mundo en cuanto se distingue de su Principio. Los círculos concêntricos representan los grados de ser, las jerarquias creadas que constituyen la manifestación universal del Ser único y No-Manifestado. En todo esto, el círculo está considerado en su totalidad indivisa.
Por el contrario, si distinguimos en la circunferência uno o vários puntos, nos vemos arrastrados hacia el movimiento circular, tan bien revelado por los astros, que son puntos luminosos que giran en redondo. Contrariamente a los otros movimientos (rectilíneo, sinusoidal, desordenado...) éste es perfecto, inmutable, sin comienzo ni fin, ni variaciones; lo que le habilita para simbolizar el tiempo. Este se define como una sucesión continua e invariable de instantes idénticos unos a otros.
En el orden de las estructuras cósmicas, el círculo simbolizará fácilmente el cielo, cuya característica más expresiva es, como hemos visto, el movimiento circular e inalterable. Es significativo que la palabra latina coelum designe a la vez el cielo, el firmamento y la forma circular. Círculo, tiempo y cielo se comunican por su aspecto de perfección, que hace que les consideremos respectivamente como punto, eternidad y trascendente, es decir, lo totalmente otro al mundo corruptible terrestre.
Desde otro punto de vista, el círculo puede revestir valores de imperfección. Se convierte en rueda; piénsese en la línea ondulante de la sinusóide que, incansablemente, sube y baja, al avanzar. La rotación de la rueda engendra los ciclos, las repeticiones, las renovaciones. Rueda y línea ondulada se prestan a los simbolismos de la creación continua. Nos hallamos entonces en el orden del devenir, de lo mudable, de lo perecedero, de lo creado, de lo dependiente. Los arquitos imbricados caracterizan a los ciclos del tiempo terrestre. No es a la eternidad radiante, sino al tiempo desgastador e inexorable al que tendremos que poner de nuestra parte o incluso exorcizar, para salir de las ataduras terrestres. En cuanto al cielo, se presenta entonces en su indestructible relación con la tierra que de él emana; es el modelo que, de algún modo, encierra en estado preexistente los devenires del mundo de aqui abajo. Porque necesariamente tenemos que ser breves, apenas si vamos a hablar en esta obra de lo que se refiere al círculo en cuanto ciclo, rueda y devenir.
Por el contrario, no podemos pasar por alto la espiral: uno de los símbolos cu-yo análisis resulta más desalentador... Demasiado claro y demasiado misterioso para dejarse expresar en juegos conceptuales, exige que se le contemple y se le experimente en silencio, más allá de las palabras. Émanación, extensión, desarrollo, continuidad cíclica, pero progresiva, rotación creacional... la espiral sugiere o, mejor, es todo eso. Manifiesta la aparición del movimiento circular que surge del punto original. La espiral mantiene y prolonga este movimiento hasta el infinito; es el tipo de líneas continuas que unen incensantemente las dos extremidades del devenir. El disco de bronce de Somerset, Condado de Galway (edad del hierro antiguo), confunde por su increíble perfección.
En el orden de las figuras cruciformes, la espiral tiene su correspondiente en la swástica, uno de los símbolos más ricos, que adoptaron como emblema principal innumerables civilizaciones. La swástica simboliza el eje vertical de una noria de cua-tro brazos, cuyo movimiento de rotación está expresado por la vuelta de cada uno de los brazos, como otras tantas cintas flotando al viento, o de pies que imprimen el impulso motor. Vide la continuidad imaginaria de la swástica y de la espiral, y de qué modo la percepción simbólica juega a interpenetrarlas. Muestran incluso los recursos decorativos que estos símbolos puros ofrecen al arte sacro.
Los cristos românicos están concebidos con frecuencia en torno a una espiral o a una swástica: estas figuras riman la actitud, ajustan los gestos, los pliegues de los vestidos. De esta forma se encuentra introducido de nuevo el viejo símbolo del torbellino creacional, en torno al que se escalonan las jerarquias creadas que de él emanan.