Ananda Coomaraswamy: TEORIA MEDIEVAL DA BELEZA
Todo esto tiene una incidencia directa sobre nuestras nociones de apreciación «estética». Todo amor , delectación, satisfacción y reposo en (contraste con el deseo de) algo, implica una posesión (delectatio autem vel amor est complementum appetitus, Witelo, Liber de intelligentiis, XVIII); es de otra manera, «en una causa imperfecta que no está todavía en posesión de lo que desea, donde amor significa «deseo» (appetitus naturalis vel amor , Summa Theologica I.60.I).
La delectación o satisfacción puede ser estética (sensible) o intelectual (racional). Sólo la última pertenece a la «vida», cuya naturaleza es ser en acto; las satisfacciones sentidas por los sentidos no son un acto, sino un hábito o pasión (Witelo, Liber de intelligentiis XVIII, XIX): la obra de arte entonces sólo pertenece a nuestra «vida» cuando se ha comprendido y no cuando sólo se ha sentido.
La delectación o satisfacción que pertenece a la vida de la mente surge «por la unión del poder activo con la forma ejemplaria hacia la que está ordenado» (Witelo, Liber de intelligentiis XVIII). El placer sentido por el artista es de este tipo; la forma ejemplaria de la cosa que ha de hacerse está «viva» en él y es una parte de su «vida» (omnes res... in artifice creato dicuntur vivere, San Buenaventura, I Sent. d. 36, a. 2, q. 1 ad 4) en tanto que la forma de su intelecto, con el que se identifica (Dante, Convito, Canzone IV.III.53 y 54, y IV.10.10-11; Plotino, IV.4.2.; Filón, De opificio mundi 20). Cf. Coomaraswamy, Why Exhibit Works of Art?, 1943, p. 46. Con respecto a esta identificación intelectual con la forma de la cosa que ha de hacerse, implícita en el actus primus, o acto de contemplación libre, el artista «mismo» deviene (espiritualmente) la causa formal; en el actus secundus, o acto de operación servil, el artista «mismo» deviene (psico-físicamente) un instrumento, o causa eficiente. Bajo estas condiciones, «el placer perfecciona la operación» (Summa Theologica II-I.33.4c).
Análoga a la satisfacción providencial del artista en posesión de la forma ejemplaria de la cosa que ha de hacerse es la subsecuente delectación del espectador en la cosa que se ha hecho (en tanto que distinta de su placer en el uso de ella). Esta segunda delectación y «delectación refleja» (delectatio reflexa, Witelo, Liber de intelligentiis XX) es lo que entendemos realmente por la de una «contemplación estética desinteresada», aunque ésta es una frase poco afortunada porque «estética desinteresada» es una contradicción en los términos. De hecho, de la misma manera que la anterior delectación en una cosa que todavía no se había hecho, la delectación refleja no es una sensación, sino que es igualmente una «vida del intelecto» (vita cognoscitiva), dependiente de «la unión del poder activo con la forma ejemplaria hacia la cual está ordenado» (ibid., XVIII): «ordenado», y «ocasionado», ahora por la visión de la cosa que se ha hecho, y no, como antes, por la necesidad de hacerla.
Con esta segunda identificación de un intelecto con su objeto, y la consecuente delectación o satisfacción, el artefacto, que en sí mismo es una materia muerta, llega a estar «vivo» en el espectador como lo estaba en el artista; y una vez más puede decirse que el amor de la cosa deviene un amor del (verdadero) sí mismo de uno. En este sentido, ciertamente, «no es por amor de las cosas mismas, sino por amor del Sí mismo, por lo que todas las cosas son queridas» (Brhadaranyaka Upanishad IV.5).
Ambas delectaciones o satisfacciones (delectatio et delectatio reflexa) son propias de Dios en tanto que el Artífice y Espectador Divino, pero en Él no como actos de ser sucesivos, pues Él es a la vez artista y patrón.
El «amor de Su propia belleza» se explica más arriba como la razón de una multiplicación de similitudes, pues de la misma manera que pertenece a la naturaleza de la luz revelarse a sí misma por una irradiación, así también «la perfección del poder activo consiste en una multiplicación de sí mismo» (Witelo, Liber de intelligentiis XXXI); sólo cuando la luz (lux) deviene una iluminación (lumen), efectiva como color (San Buenaventura, I Sent., d. 17, p. 1, a. uniq., q. 1), está en «acto». En otras palabras, de la posesión de un arte se sigue naturalmente la operación del artista. Esta operación, dado el acto de identificación como lo postulan Dante y otros, es una auto-expresión, es decir, una expresión de eso que puede considerarse como la forma ejemplaria de la cosa que ha de hacerse, o como la forma asumida por el intelecto del artista; no es, por supuesto, una auto-expresión en el sentido de una exhibición de la personalidad del artista. En esta distinción reside la explicación del anonimato característico del artista medieval como individuo —¡Non tamen est multum curandum de causa efficiente (el artista, fulano por nombre o familia), cum non quis dicat, sed quid dicatur, sit attendendum! —.