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Mito de Er

PLATÃO — A REPÚBLICA (614-619B) — MITO DE ER


VIDE: ESQUEMA DA REPÚBLICA DE PLATÃO

Segundo Joscelyn Godwin, em seu livro Music, Mysticism and Magic, temos aqui um protótipo de todas as viagens da alma (vide psychanodia) da literatura ocidental, com seu tema frequente de escuta de musicas celestiais feitas pelas as almas das esferas. Se entendermos estas "esferas" podem representar não apenas as órbitas físicas dos planetas, mas também os poderes daqueles arquétipos planetários — o Mercurial, o Solar, etc. — dentro da alma humana ela mesma, então a jornada toma outro sentido enquanto uma peregrinação através de camadas da psyche até o centro divino lá dentro, que é ao mesmo tempo a circunferência abrangente do Espírito (vide Nicolau de Cusa).


XIII. -Tales son, pues -dije yo-, los premios, recompensas y dones que en vida recibe el justo de hombres y dioses además de aquellos bienes que por sí misma les procura la virtud.

-Bienes ciertamente hermosos y sólidos -dijo.

-Pues éstos -dije yo- no son nada en número ni en grandeza comparados con aquello que a cada uno de esos hombres le espera después de la muerte; y también esto hay que oírlo a fin de que cada cual de ellos recoja de este discurso lo que debe escuchar.

-Habla, pues -dijo-, que son pocas las cosas que yo oiría con más gusto.

-Pues he de hacerte -dije yo- no un relato de Alcínoo, sino el de un bravo sujeto, Er, hijo de Armenio, panfilio de nación, que murió en una guerra y, habiendo sido levantados, diez días después, los cadáveres ya putrefactos, él fue recogido incorrupto y llevado a casa para ser enterrado y, yacente sobre la pira, volvió a la vida a los doce días y contó, así resucitado, lo que había visto allá. Dijo que, después de salir del cuerpo, su alma se había puesto en camino con otras muchas y habían llegado a un lugar maravilloso donde aparecían en la tierra dos aberturas que comunicaban entre sí y otras dos arriba en el cielo, frente a ellas. En mitad había unos jueces que, una vez pronunciados sus juicios, mandaban a los justos que fueran subiendo a través del cielo, por el camino de la derecha, tras haberles colgado por delante un rótulo con lo juzgado; y a los injustos les ordenaban ir hacia abajo por el camino de la izquierda, llevando también, éstos detrás, la señal de todo lo que habían hecho. Y, al adelantarse él, le dijeron que debía ser nuncio de las cosas de allá para los hombres y le invitaron a que oyera y contemplara cuanto había en aquel lugar; y así vio cómo, por una de las aberturas del cielo y otra de la tierra, se marchaban las almas después de juzgadas; y cómo, por una de las otras dos, salían de la tierra llenas de suciedad y de polvo, mientras por la restante bajaban más almas, limpias, desde el cielo. Y las que iban llegando parecían venir de un largo viaje y, saliendo contentas a la pradera, acampaban como en una gran feria, y todas las que se conocían se saludaban y las que venían de la tierra se informaban de las demás en cuanto a las cosas de allá, ylas que venían del cielo, de lo tocante a aquellas otras; y se hacían mutuamente sus relatos, las unas entre gemidos y llantos, recordando cuántas y cuán grandes cosas habían pasado y visto en su viaje subterráneo, que había durado mil años; y las que venían del cielo hablaban de su bienaventuranza y de visiones de indescriptible hermosura. Referirlo todo, Glaucón, sería cosa de mucho tiempo; pero lo principal -decía- era lo siguiente: que cada cual pagaba la pena de todas sus injusticias y ofensas hechas a los demás, la una tras la otra, y diez veces por cada una, y cada vez durante cien años, en razón de ser ésta la duración de la vida humana; y el fin era que pagasen decuplicado el castigo de su delito. Y así, los que eran culpables de gran número de muertes o habían traicionado a ciudades o ejércitos o los habían reducido a la esclavitud o, en fin, eran responsables de alguna otra calamidad de este género, ésos recibían por cada cosa de éstas unos padecimientos diez veces mayores; y los que habían realizado obras buenas y habían sido justos y piadosos, obtenían su merecido en la misma proporción. Y también sobre los niños muertos en el momento de nacer o que habían vivido poco tiempo refería otras cosas menos dignas de mención; pero contaba que eran aún mayores las sanciones de la piedad e impiedad para con los dioses y los padres y del homicidio a mano armada.

»Decía, pues, que se había hallado al lado de un sujeto al que preguntaba otro que dónde estaba Ardieo el Grande. Este Ardieo había sido, mil años antes, tirano de una ciudad de Panfilia después de haber matado a su anciano padre y a su hermano mayor y de haber realizado, según decían, otros muchos crímenes impíos. Y contaba que el preguntado contestó: "No ha venido ni es de creer que venga aquí.