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Communio

MENTE — COOMUNIO



Ananda Coomaraswamy: «SÓCRATES É VELHO» IMPLICA QUE «SÓCRATES É»?

¿Qué es la «mutualidad de las mentes», o el «bien común», que hace posible su «contacto»? Es inevitable algún tipo de explicación transcendental, metaempírica, del «denominador común». Si una experiencia común puede ser compartida por dos mentes «individuales», si ambas pueden «reconocer» el mismo objeto o idea, esto sólo puede significar que las mentes en cuestión, digamos la de un chino y un americano, no son, individual y empíricamente, tan distintas una de otra como podría haberse inferido del hecho de la distinción espacial de los cuerpos chino y americano, «en los cuales» pensamos que esas mentes funcionan. Si la comprensión mutua ha sido solo parcial, podemos hablar de una semejanza de mente; pero en la medida en que subsiste una comprensión completa, se impone a nosotros la noción de un tipo de unanimidad, o de unicidad de mente. En más de un sentido, la mente transciende a la vez el espacio y el tiempo. Otro modo de expresar esto sería decir que la verdad es universal, y que solo las incomprensiones de verdades, o lo que equivale a lo mismo, solo lo que no es verdadero, es peculiar a los individuos.

En conexión con esto, es significativa la palabra «denominador» misma (en la expresión «denominador común»); pues nombrar implica comprender, y el significado primario de la palabra «denominador» es el de un «dador de nombres». Así pues, hablar del «denominador común» es tanto como decir que es «Adán», el Hombre en nosotros, y no este hombre, Fulano, el que reconoce y comprende. En el Antiguo Testamento se nos cuenta la historia de que Adán nombró a los animales; y es evidente que estos no se habían nombrado a sí mismos entonces, y que tampoco lo han hecho después. El dador de nombres confiere una existencia permanente a los factores del espectáculo pasajero en nuestro mundo mental; y, por consiguiente, nuestra experiencia total es una experiencia de «nombre y apariencia» (sánscrito nama-rupa), no solo de sensación. El hecho de que los nombres tienen un significado permanente nos permite comprender no solo a nuestros contemporáneos, sino también a aquellos de nuestros antepasados, cuyas palabras han sido transmitidas, ya sea oralmente o ya sea en la escritura1 . Ello se debe a que nuestro lenguaje, como dice el Rg Veda, retiene las signaturas (laksmih) de los primeros «denominadores» contemplativos que casaron el lenguaje con la mente (manasa vacam akrata, Rg Veda Samhita X.71.2), sin lo cual el lenguaje es un mero balbuceo (Satapatha Brahmana III.2.4.11). Así pues, como dice Jacob Boehme, es el Espíritu el que se manifiesta y se revela a sí mismo con la voz en el sonido; escuchar y comprender son dos cosas diferentes; nosotros solo nos comprendemos unos a otros cuando se tienen en común signaturas e imágenes; y «por esto nosotros sabemos que todas las propiedades humanas proceden solo de Uno; que tienen solo una única raíz y madre; de otro modo un hombre no podría comprender a otro en el sonido. el interior se manifiesta a sí mismo en el sonido de la palabra, pues eso es el conocimiento natural de sí misma de la mente» (Jacob Boehme, Signatura rerum I.1-6).

Así pues, al hablar de un denominador común como la base de toda comprensión y posibilidad de argumento o de clarificación mutuos, estamos refiriéndonos no a un denominador común mínimo sino a un denominador común máximo; y, de hecho, no a «nosotros mismos», sino a nuestro Sí mismo común, el Sí mismo de todos los seres, la fuente omnisciente de la memoria (Maitri Upanishad VI.7, Chandogya Upanishad VII.26.1) y el solo veedor, oidor, pensador, hablador y conocedor en nosotros (Brhadaranyaka Upanishad III.7.23 y 8.11). El «denominador común» es ese qui intus corda docet y ex quo omne verum, a quocumque dicatur procede; una semejanza de mentes meramente familiar, mentes que se suponen tan distintas unas de otras como lo son nuestros cuerpos, no basta para la unanimidad. La posibilidad de la comprensión mutua presupone una experiencia común, y más de lo que una sola mente puede haber experimentado nunca en una sola vida. En otras palabras, el hecho de la comunicación linguística, la posibilidad de lo que nosotros llamamos «aprender», presupone el concepto platónico e indio de la Recordación2 , es decir, que hay una parte mejor de nosotros que sabe ya todo lo que parecemos aprender, pero de lo cual en realidad solo nos acordamos por medio de la palabra hablada.


NOTAS:
1 Como ha observado Floryan Znaniecki, «el período de oro de la filosofía griega se caracteriza así, con respecto a este problema, por una asunción de la comunidad de la parte esencial y conceptual de los contenidos y la comunidad de los significados racionales perfectos correspondientes a ella y determinados por ella, mientras que los significados de los objetos variables e individuales se asumía que eran determinados por la parte individualmente diferenciada, inesencial y sensual de los contenidos» (Cultural Reality, Chicago, 1919, p. 88). Esto equivale a decir que los significados son objetivos e intrínsecos para aquellos que saben, pero subjetivos y arbitrarios para aquellos pensadores «independientes» que construyen sus propias filosofías. Todo mal uso de las palabras o de los símbolos visuales refleja una ignorancia de sus significados propios y es inútil para los propósitos de la comunicación. Y así, como pregunta Platón: ¿Por qué considerar a los filósofos inferiores? Que las palabras tienen un significado permanente, por evanescente que sea su enunciación o el material sobre el que están registradas, es el trasfondo de la doctrina india, islámica y cristiana de la «eternidad de la Escritura», en la cual doctrina, por supuesto, hay que distinguir la fecha de la promulgación de la atem-poralidad del significado incorporado. Se trata de una forma de la doctrina de las ideas inmutables.
2 Ver mi «Recordación, India y Platónica», y «SOBRE EL UNO Y SOLO TRANSMIGRANTE».