Henry Corbin – Corbin Imago Templi
Dicho esto, podemos delimitar de forma óptima el objeto de nuestro estudio: lo que es y lo que no es. Al hablar de Imago Templi pretendo mantenerme en el plano de una fenomenología, una «temenología», valga la expresión (del griego témenos, templo), que se sitúa en el nivel del mundo imaginal (’álam al-mithál), del mundo intermedio (barzakh), en la «confluencia de los dos mares». Así como a propósito de la transfiguración mazdea de la Tierra por la percepción imaginal de la Luz de Gloria (Xvarnah) tuve ocasión de hablar hace tiempo de una Imago Terrae, como espejo que refleja la Imago Animae1 , así también la Imago Templi en la «confluencia de los dos mares» implica una situación eminentemente especulativa, en el sentido etimológico de la palabra: dos espejos (speculum) colocados uno frente al otro reflejando la imagen que manifiestan. La imagen no deriva de fuentes empíricas. Las precede, las gobierna, y por eso es el criterio que las verifica y experimenta su sentido.
Conforme a las premisas de la metafísica de lo imaginal en nuestros filósofos, la Imago Templi es la forma que toma necesariamente para reflejarse en el alma, en la «confluencia de los dos mares», una realidad transcendente que sería inaprehensible sin ella. Por tanto, esta Imago no está ahí para ocultarnos algo, sino para manifestarlo. Por eso diría que la Imago Templi no es alegórica sino tautegórica, es decir, que no se debe interpretar como si disimulara u ocultara lo Otro de lo que ella sería la forma; debe entenderse en su identidad con ese Otro y siendo ella misma aquello que anuncia. Quede claro que no pretendemos ni asumir la tarea de los psicólogos, ni todavía menos someter la Imago Templi a las categorías de la crítica histórica positiva.
Precisamente en la «confluencia de los dos mares» nos encontramos fuera del devenir y de la causalidad histórica, fuera de las normas de la cronología, de las filiaciones para cuya justificación se exigen archivos y documentos notariales. Pues, en la «confluencia de los dos mares», estamos en el «octavo clima», un «clima» cuyos acontecimientos y relatos tienen por lugar propio el malakut, el mundo del alma y de la conciencia visionaria. En el malakut los documentos son los testimonios del alma. No se hace historia en el sentido ordinario de la palabra, ni tampoco filosofía de la historia, con las visiones proyectadas del mundo celestial en el espejo del sensorium. Recíprocamente, estas visiones y su realidad significante desaparecen si no se dispone de la categoría de lo imaginal. La única historia en cuestión aquí, historia sacra, hierohistoria o hierología, no transcurre en el tiempo continuo de la causalidad cronológica, que es el de la historia profana. Cada manifestación de la Imago forma una unidad en sí misma, sin exigir «transmisión de poderes». Es ella misma su propio tiempo. El tiempo sucesivo de estas manifestaciones entra más bien en el tempus discretum de la angelología, un tiempo discontinuo. Por eso el vínculo que hay que descubrir entre una y otra no puede estar sometido al juicio de la crítica histórica ni de la causalidad histórica. Es cada vez un nuevo acto de asunción por parte del alma, una decisión, una reconquista. Estas unidades de tiempo discontinuo son los tiempos de la Imago Templi, hacen irrupción en nuestro tiempo para dar al descuartizamiento de su desgarro la dimensión de la eternidad. Por este desgarro estalla finalmente la verdad de toda historia, porque la historia se escapa de ahí para transmutarse en parábola.
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