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Corpo Místico

CORPO DE CRISTO — CORPO MÍSTICO

Michel Henry: ENCARNAÇÃO

Pero estos son los supuestos fenomenológicos inmediatos de la doctrina del cuerpo místico de Cristo. Este cuerpo supone, en efecto, todos ellos: los primeros en calidad de relaciones fundadoras, los segundos en calidad de relaciones fundadas sobre los primeros, encontrando en ellos a la vez su origen y el principio de su desarrollo como desarrollo inmanente que extrae de la fuerza de este origen que habita en él su consistencia invencible. Así, se pueden distinguir, al menos de manera abstracta, fases sucesivas en esta construcción o crecimiento del cuerpo de Cristo, porque siempre hay en él un elemento que edifica y otro que es edificado.

El elemento que edifica, la «cabeza» de ese cuerpo, es Cristo. Sus miembros son todos aquellos que, santificados y deificados en y por él, le pertenecen en lo sucesivo hasta el punto de devenir partes de ese mismo cuerpo, precisamente sus miembros. En la medida en que él es la Encarnación real del Verbo, Cristo edifica primero cada Sí transcendental viviente en su Ipseidad originaria, que es la de la Vida absoluta, lo une a sí mismo. Dando cada Sí a él mismo, le hace incrementarse por Sí en un proceso de auto-incremento continuo que hace de él un devenir (lo contrario de una «sustancia» o «cosa») — proceso que no es otro, en el fondo, que el proceso de la Vida absoluta —. Nuestra crítica de la problemática husserliana de la impresión ha mostrado que, si «siempre de nuevo una impresión está ahí», en el flujo de la conciencia interna del tiempo, no es nunca en virtud de la impresión misma. El proceso patético de la auto-donación de la Vida absoluta está ya en marcha siempre, de manera que ese flujo, ajeno en sí mismo a toda intencionalidad, no es ni lineal ni indeterminado: impresivo, carnal en primera instancia, por la Archi-pasibilidad de esta Vida, obedeciendo a una dicotomía afectiva evidente en segundo lugar, puesto que esta Archi-pasibilidad se fenomeniza en las tonalidades fenomenológicas originarias del Sufrir puro y del Gozar puro salido de este Sufrir. Así, en fin, ese flujo, ese desfile en apariencia absurdo de placeres modestos y de pensamientos agobiantes, está secretamente orientado hacía una agonía, hacia el último pasaje, desde el último sufrimiento de la desesperación a la irrupción de un gozo sin límites, como lo atestigua la Parusía disimulada en la madera de la Cruz.

La donación a Sí de cada Sí transcendental, donación en la que éste se edifica internamente como incrementándose por sí mismo y, así, por su propio devenir, esta operación del Verbo la repite el Verbo en cada Sí transcendental concebible, pasado, presente o futuro. Así, el cuerpo místico de Cristo crece indefinidamente con todos aquellos que son santificados en la carne de Cristo. En esta extensión potencialmente indefinida, el cuerpo místico de Cristo se construye como «la persona común de la humanidad», y «por eso se le llama el Nuevo Adán» (Cirilo, Traité sur saint Jean, libro I, cap. 9, 173). Dado que esta edificación no se realiza por acumulación de elementos sumados, como si de «piedras» se tratase — un edificio construido por hombres, hablando con propiedad —, sino, por el contrario, porque en Cristo la edificación se produce en el Verbo, ésta se prosigue como una edificación de muchos Síes transcendentales en la que cada uno, dado a sí en el Verbo, uno con él, se encuentra al mismo tiempo dado a sí mismo en la Vida única misma del Sí único mismo en el que están dados a sí mismos todos los otros Síes. De este modo, éste es uno con todos ellos en Cristo y, puesto que Cristo no es divisible — siendo la Vida única en la que se halla la potencia de vivir —, ya no están separados, sino, a la inversa, uno en Él, con Él, son idénticamente, en Él, uno con todos los demás que son igualmente en Él. De este modo, la «persona universal» de la humanidad, como dicen además los Padres, resulta ser precisamente esta «persona común» de la que habla Cirilo: la interioridad fenomenológica recíproca de todos los vivientes en el Sí único de la Vida absoluta, en la interioridad fenomenológica recíproca de ese Sí y de esa Vida, del Padre y del Hijo.

Dado que no se puede dejar de distinguir en esta persona común lo que edifica y lo que es edificado, la cabeza y su cuerpo, hay que decir con Agustín que «la cabeza salva y [que] el cuerpo es salvado». Pero, porque lo que edifica penetra por todas partes lo que es edificado, porque la cabeza y el cuerpo son uno, porque ese cuerpo compuesto de todos los vivientes que viven y se unen en él se convierte así en «el cuerpo entero» de Cristo, ese cuerpo tiene que llevar a cabo y terminar lo que todavía no estaba terminado en Cristo. De donde se sigue la extraordinaria declaración de Pablo, que ofrece sus propios sufrimientos, experimentados a través de múltiples tribulaciones y persecuciones padecidas al servicio de Cristo, como sufrimientos que todavía le faltaban al propio cuerpo de Cristo: «Ahora me alegro de padecer por vosotros, pues así completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo» (Col 1, 24). De este modo, le toca a Pablo completar ese cuerpo, terminarlo — en el sentido radical, sin embargo, de que estos sufrimientos de Pablo son los sufrimientos de Cristo mismo, pertenecen a su cuerpo —. Lo cual resulta posible porque Cristo habita en su cuerpo engrandecido, en su cuerpo «uno», que los Padres llaman también su Iglesia. Habita en ese cuerpo «uno», que es su cuerpo místico, como el que se da a sí mismo a cada uno de sus miembros. Es él mismo, por tanto, el que se da a cada uno de sus miembros. Ciertamente a nadie le gusta vivir aquello que se le entrega gratuitamente como Dios. La mayor parte vive como los idólatras: casi no se preocupan del poder que les da la vida, no viviendo en ella más que para ellos mismos, no se preocupan de las cosas ni de los otros sino de ellos mismos. Sin embargo, a los miembros de su cuerpo, a cada uno de los que, dados a sí mismos en la auto-donación del Verbo, sólo vivirán de la Vida infinita que se experimenta en ese Verbo, a aquéllos que se aman en El de tal manera que es a El a quien aman en sí mismos, a El y a todos aquéllos que están con Él, les será dada la Vida eterna. En esta Vida que llega a ser la suya, serán salvados.