Filosofia Antiga
Pierre Hadot: EJERCICIOS ESPIRITUALES Y FILOSOFÍA ANTIGUA
Cierta expresión plotiniana simboliza bien la finalidad de los ejercicios espirituales, esa búsqueda de la realización de uno mismo: «esculpe tu propia estatua». A menudo es malinterpretada, pues suele creerse que se refiere de alguna forma al esteticismo moral; de este modo, podría significar la necesidad de adoptar una pose, mantener una actitud, componer un personaje. Pero en absoluto quiere decir algo similar. Para los antiguos, en efecto, la escultura era un arte que «sustrae» por oposición a la pintura, un arte que «añade»: la estatua preexiste en el bloque de mármol y basta con arrancar lo superfluo para hacerla aparecer. Esta representación es común a las diversas escuelas filosóficas: las desgracias del hombre provienen de su esclavitud frente a las pasiones, es decir, de su anhelo de cosas que pueden escabullírsele al ser exteriores, extrañas a él, superfluas. La felicidad hay que buscarla, por tanto, en la independencia, la libertad, la autonomía, o lo que es lo mismo, en el retorno a lo esencial, a lo que constituye verdaderamente nuestro «yo» y a cuanto depende de nosotros. Ello es cierto sin duda en el caso del platonismo, en donde surge la célebre imagen del dios marino Glauco, ese dios que habita en las profundidades del mar: resulta irreconocible al estar cubierto de cieno, algas, conchas y piedras; lo mismo sucede con el alma; el cuerpo supone para ella una especie de corteza tan gruesa como grosera que la desfigura por completo; su verdadera naturaleza aparece cuando sale del mar arrojando lejos de sí cuanto le es ajeno. El ejercicio espiritual de aprendizaje de la muerte, consistente en liberarse del cuerpo, de sus deseos y pasiones, sirve para purificar al alma de todos sus añadidos superfluos, bastando con practicarlo para que el alma recupere su auténtica naturaleza y se consagre únicamente al ejercicio del pensamiento puro. Ello es cierto también en el caso del estoicismo. Gracias a la oposición entre lo que depende y lo que no depende de nosotros puede dejarse de lado todo aquello que nos es extraño y así reencontrar nuestro verdadero yo: la libertad moral. Ello es cierto por último en el caso del epicureismo: al descartarse aquellos deseos no naturales ni necesarios se recupera ese núcleo original de libertad e independencia que podría definirse como la satisfacción de los deseos naturales y necesarios. Cualquier ejercicio espiritual supone pues, fundamentalmente, el regreso a sí mismo, con lo cual el yo se despoja de la alienación en el que lo habían sumido las preocupaciones, las pasiones, los deseos. Liberado por fin de esta manera, el yo deja de ser esa individualidad nuestra, egoísta y pasional, para convertirse en sujeto de moralidad, abierto a la universalidad y a la objetividad, participando de la naturaleza o del pensamiento universal.