Biblioteca de Nag Hammadi: ALLOGENES
Na cosmologia de Avicena, os Anjos ou Animae Coelestes que movem as Esferas, são eles também Estrangeiros vindos no «Ocidente celeste», assim como as Animae Humanae são Estrangeiras exiladas no «Ocidente terrestre». O reino de Luz começa além, aí onde acaba o aparato do poder cósmico.
Assim todo o edifício cosmológico está aí para anunciar e denunciar ao ser humano seu cativeiro, para provocar nele o despertar à consciência de sua origem. A cúpula esplêndida se torna uma cárcere, uma prisão de onde é preciso sair. O limite cósmico das Esferas celestes não é mais experimentado como unificando do interior para o exterior, mas como pesando do exterior para o interior. Sob este peso se angustia um existência estrangeira, e o sentimento de ser um Estrangeiro é bem o sentimento dominador em todo gnóstico, aquele que dá a sua consciência seu poder de exaltação. «Era aí único e solitário, estranho aos outros habitantes da hospedaria» (Atos de Tomé). Sohrawardi, o «recitante» do Relato del Exilio Occidental, se verá lançado no fundo de um poço obscuro. O prisioneiro do relato do Pássaro de Avicena, clamará sua angústia. A mesma dominante: o «estranhamento», o sentimento de não ser de aqui, de ser um «alógeno». (Corbin Avicena)
En una compilación que en su estado actual no puede ser anterior al siglo VII/XIII y que se presenta como una elaboración en árabe de un texto sánscrito, el Amritakunda, se encuentra incorporado un pequeño relato espiritual que, de hecho, no es distinto a un relato atribuido, abusivamente por otra parte, a Avicena, con el título de Risalât al-Mabdâ wa’l-Ma’âd, "Epístola del origen y el retorno", título que llevan muchas obras filosóficas o místicas, en árabe y en persa, y que en la perspectiva gnóstica puede traducirse igualmente por "la génesis y el éxodo", es decir, el descenso al mundo terrenal, al exilio occidental, y la salida de Egipto, el regreso a casa.
Aquí el extranjero es enviado por el señor del país de origen (Oriente), y recibe antes de la partida instrucciones de su sabio ministro. El lugar de su exilio es la ciudad donde el pueblo de los sentidos externos e internos y de las energías fisiológicas se le muestra como integrado por otras tantas personas activas y bulliciosas. Finalmente, en el corazón de la ciudad, termina por encontrarse un día en presencia del shaykh que, sentado en un trono, es el soberano del país. Se acerca a él y le habla; a sus gestos, a sus palabras, responden los mismos gestos, las mismas palabras. Se da cuenta de que el shaykh es él mismo (cf. supra, el iniciado que reconoce en la imagen de Hermes su propia imagen). Entonces, bruscamente, le viene a la memoria la promesa concluida antes de su partida hacia el exilio. En su estado de estupor, se encuentra al ministro que le había instruido y que le toma de la mano: "Sumérgete en esta agua, es el Agua de la Vida". Resurge del baño místico habiendo comprendido todos los símbolos y descifrado todas las cifras, y se encuentra ante su príncipe: "¡Bienvenido seas!", le dice. "En adelante eres uno de los nuestros". Y el príncipe, que había separado en dos el hilo tejido por una araña, lo recompone en uno solo diciendo: 1 × 1.
Ésta es también la cifra que habíamos propuesto anteriormente, pues descifrarla es tener la clave del secreto que preserva a la vez del monismo pseudomístico (cuya fórmula sería 1=1) y del monoteísmo abstracto que se contenta con superponer un Ens supremum a la multitud de los seres (n + 1). 1 × 1 es la cifra de la unión de la Naturaleza Perfecta y el hombre de luz, que el Canto de la perla tipifica de forma tan excelente: "Éramos dos, separados uno del otro, y sin embargo uno solo con formas semejantes". Sin necesidad de que Avicena tenga que ser considerado su autor, este relato espiritual no deja por ello de confirmar el sentido de su Relato de Hayy ibn Yaqzân, texto que no ha estado a cubierto de interpretaciones indigentes, impotentes para discernir en él otra cosa que una inofensiva alegoría filosófica, cuando su sentido profundo aparece al trasluz, página tras página, pues, como los otros relatos de la trilogía aviceniana, Hayy ibn Yaqzân pone de manifiesto ese mismo Oriente al que remiten los relatos de Sohravardi. (Corbin Homem Luz)
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