Excertos de Toshihiko Izutsu, SUFISMO Y TAOISMO
En la cosmovisión de Ibn Arabi, la manifestación de lo Absoluto es un proceso perpetuo cuyas etapas principales, que son: 1) la «santísima emanación», 2) la «santa emanación» y 3) la aparición de las cosas individuales concretas, se realizan una tras otra como oleadas repetidas y sucesivas. Este proceso onto-lógico se repite indefinida e infinitamente. En cada momento, y una vez tras otra, se reproduce el mismo proceso eterno de aniquilación y recreación. En este mismo momento, un número infinito de cosas y propiedades aparecen para ser aniquiladas y reemplazadas por otra infinidad de cosas y propiedades.
Por tanto, no podemos experimentar el mismo mundo dos veces en dos momentos distintos, ya que fluye perpetuamente y cambia en cada momento (v. Heráclito). Pero este cambio continuo y perpetuo se produce de una manera tan ordenada, de acuerdo con esquemas tan definidos que nosotros, observadores superficiales, imaginamos que nos rodea un mismo mundo.
En su descripción de este perpetuo fluir de cosas en lo referente al concepto de «creación», que es el tema central del presente capítulo, Ibn Arabi explica que él mundo es creado de nuevo en cada instante sin excepción. Llama a este proceso «nueva creación» (al-jalq al-yadid). La expresión no debe ser tomada en el sentido de una «nueva» creación en contraste con la «vieja» o anterior creación del mundo. La palabra «nueva» (jadid), en este contexto, significa «siempre nueva» o «renovada en cada momento». La «nueva creación» indica, en pocas palabras, el eterno y perpetuamente renovado proceso del acto de creación.
El hombre, dotado de autoconsciencia, puede experimentar de esta «nueva creación», tanto dentro como fuera de sí mismo, es decir en su mente y en su cuerpo, al tomar consciencia de «sí mismo», que va cambiando en cada momento, sin cesar, a lo largo de su vida. Sin embargo, la gente corriente no es consciente del proceso de «nueva creación», ni siquiera en lo relativo a sí mismos.
Ibn Arabi describe este proceso también como «ascenso perpetuo» (taraqqi daim). Se trata de un punto muy importante que nos da acceso a la base misma de su idea de la «nueva creación».
El hecho de que todo participe en el proceso de la siempre nueva creacion significa principalmente que lo Absoluto se manifiesta sin cesar en la infinidad de las cosas «posibles». Este fenómeno se produce debido al «descenso» (nuzul) ontológico de lo Absoluto hacia los niveles inferiores del Ser, en primer lugar a los arquetipos y, en segundo lugar, a lo «posible». Pero el mismo proceso de continuo «descenso», considerado desde la perspectiva de lo «posible», resulta ser un continuo proceso de «ascenso» ontológico. Todo, en este sentido, «asciende» perpetuamente hacia lo Absoluto mediante el descenso mismo de éste.
En otras palabras, el «ascenso» (taraqqi) de las cosas no es sino la otra cara del «descenso» de lo Absoluto hacia ellas. Las cosas en estado de inexistencia reciben la misericordia de lo Absoluto, obteniendo de ese modo la existencia, lo que produce, desde el punto de vista de dichas cosas, la imagen de su «ascenso» hacia la fuente original de la existencia. Al-Qashani parafrasea así el pasaje citado:
Todo se halla, pues, en estado ascendente en este mismo instante, dado que cada cosa recibe perpetuamente las siempre renovadas teofanías ontológicas (wuyubiyya) y, en cada teofanía, aumenta su receptividad para otra [o sea la siguiente] teofanía.
El concepto de «nueva creación», incluyendo el «descenso» y el «ascenso», es un punto que pone claramente de manifiesto la naturaleza dinámica de la cosmovisión de Ibn Arabi. En ella, nada permanece estático, el mundo entero está en ferviente y perpetuo movimiento. Se transforma, en cada instante, como un caleidoscopio y, sin embargo, todos esos movimientos de autodesarrollo son los movimientos «ascendentes» de las cosas hacia lo Absoluto-Uno, precisamente porque son las autoexpresiones «descendentes» del Uno-Absoluto.