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Sonho

ESTADOS – SONHO

Abandonaremos ahora el punto de vista puramente metafísico en el que nos hemos colocado, en el capítulo precedente, para considerar la cuestión de las relaciones de la unidad y de la multiplicidad, ya que quizás podremos hacer comprender mejor todavía la naturaleza de estas relaciones por algunas consideraciones analógicas, dadas aquí a título de ejemplo, o más bien de «ilustración», si se puede hablar así 1 , y que mostrarán en qué sentido y en qué medida se puede decir que la existencia de la multiplicidad es ilusoria al respecto de la unidad, aunque tiene, bien entendido, tanta realidad como conlleve su naturaleza. Tomaremos estas consideraciones, de un carácter más particular, al estudio del estado de sueño, que es una de las modalidades de la manifestación del ser humano, correspondiente a la parte sutil ( es decir, no corporal ) de su individualidad, y en el cual este ser produce un mundo que procede todo entero de sí mismo, y cuyos objetos consisten exclusivamente en concepciones mentales ( por oposición a las percepciones sensoriales del estado de vigilia ), es decir, en combinaciones de ideas revestidas de formas sutiles, dependiendo estas formas substancialmente de la forma sutil del individuo mismo, forma sutil de la que los objetos ideales del sueño no son en suma sino otras tantas modificaciones accidentales y secundarias 2 .

El hombre, en el estado de sueño, se sitúa pues en un mundo que es todo entero imaginado por él 3 , un mundo cuyos elementos son por consiguiente sacados de sí mismo, de su propia individualidad más o menos extensa ( en sus modalidades extracorporales ), como otras tantas formas «ilusorias» ( mayavi-rûpa ) 4 , y eso aunque él no posea actualmente la consciencia clara y distinta de ello. Cualquiera que sea el punto de partida interior o exterior, que puede ser muy diferente según los casos, que da al sueño una cierta dirección, los acontecimientos que se desarrollan en él no pueden resultar más que de una combinación de elementos contenidos, al menos potencialmente y como susceptibles de un cierto género de realización, en la comprehensión integral del individuo; y, si estos elementos, que son modificaciones del individuo, son en multitud indefinida, la variedad de tales combinaciones posibles es igualmente indefinida. El sueño, en efecto, debe ser considerado como un modo de realización para posibilidades que, aunque pertenecen al dominio de la individualidad humana, no son susceptibles, por una razón o por otra, de realizarse en modo corporal; tales son, por ejemplo, las formas de seres que pertenecen al mismo mundo, pero diferentes de la del hombre, formas que éste posee virtualmente en sí mismo en razón de la posición central que ocupa en este mundo 5 . Evidentemente, estas formas no pueden ser realizadas por el ser humano más que en el estado sutil, y el sueño es el medio más ordinario, se podría decir que es el medio más normal, de todos aquellos por los cuales le es posible identificarse a otros seres, sin dejar de ser por eso él mismo, así como lo indica este texto taoísta: «Antaño, cuenta Tchoang-tcheou, una noche, fui una mariposa, revoloteando contenta de su suerte; después me desperté siendo Tchoang-tcheou. ¿Quién soy yo, en realidad? ¿Una mariposa que sueña que es Tchoang- tcheou, o Tchoang-tcheou que se imagina que fue una mariposa? ¿Hay en mi caso dos individuos reales? ¿Ha habido transformación real de un individuo en otro? Ni lo uno ni lo otro; hubo dos modificaciones irreales del ser único, de la norma universal, en la que todos los seres en todos sus estados son uno» ( Tchoang-tcheou, II ).

Si el individuo que sueña toma al mismo tiempo, en el curso de este sueño, una parte activa en los acontecimientos que se desarrollan en él por el efecto de su facultad imaginativa, es decir, si desempeña un papel determinado en la modalidad extracorporal de su ser que corresponde actualmente al estado de su consciencia claramente manifestada, o a lo que se podría llamar la zona central de esta consciencia, por eso no es menos necesario admitir que, simultáneamente, todos los demás papeles son igualmente «actuados» por él, ya sea en otras modalidades, ya sea al menos en diferentes modificaciones secundarias de la misma modalidad, perteneciente también a su consciencia individual, sino en su estado actual, restringido, de manifestación en tanto que consciencia, si al menos en una cualquiera de sus posibilidades de manifestación, las cuales, en su conjunto, abarcan un campo indefinidamente más extenso. Todos estos papeles aparecen naturalmente como secundarios en relación al que es el principal para el individuo, es decir, a aquel donde su consciencia actual está directamente interesada, y, puesto que todos los elementos del sueño no existen más que por él, se puede decir que no son reales sino en tanto que participan en su propia existencia: es él mismo el que los realiza como otras tantas modificaciones de sí mismo, sin dejar por eso de ser él mismo independientemente de estas modificaciones que no afectan en nada a lo que constituye la esencia propia de su individualidad. Además, si el individuo es consciente de que sueña, es decir, de que todos los acontecimientos que se desarrollan en ese estado no tienen verdaderamente más que la realidad que les da él mismo, no será afectado de ninguna manera por ellos mientras será su actor al tiempo que su espectador, y precisamente porque no dejará de ser espectador para devenir actor, puesto que la concepción y la realización no estarán ya separadas para su consciencia individual llegada a un grado de desarrollo suficiente como para abarcar sintéticamente todas las modificaciones actuales de la individualidad. Si ello fuera de otro modo, las mismas modificaciones pueden realizarse también, pero, puesto que la consciencia no liga ya directamente esta realización a la concepción de la cual es un efecto, el individuo es llevado a atribuir a los acontecimientos una realidad exterior a él mismo, y, en la medida en la que se la atribuye efectivamente, está sometido a una ilusión cuya causa está en él, ilusión que consiste en separar la multiplicidad de esos acontecimientos de lo que es su principio inmediato, es decir, de su propia unidad individual 6 . [René GuénonEstados múltiplos do ser – Considerações analógicas sacadas do estudo do estado de sonho]

NOTAS:
1 En efecto, no hay ejemplo posible, en el sentido estricto de esta palabra, en lo que concierne a las verdades metafísicas, puesto que estas son universales por esencia y no son susceptibles de ninguna particularización, mientras que todo ejemplo es forzosamente de orden particular, a un grado o a otro.
3 La palabra «imaginado» debe de entenderse aquí en su sentido más exacto, puesto que es de una formación de imágenes de lo que se trata esencialmente en el sueño.
6 Pueden hacerse igualmente las mismas precisiones en el caso de la alucinación, en la cual el error no consiste, como se dice de ordinario, en atribuir una realidad al objeto percibido, ya que sería evidentemente imposible percibir algo que no existiera de ninguna manera, sino más bien en atribuirle un modo de realidad diferente del que es verdaderamente el suyo: es en suma una confusión entre el orden de la manifestación sutil y el de la manifestación corporal.


Se relata en el Corán (XII, 4) que José, de niño, vio en sueños once estrellas, el sol y la luna inclinándose ante él. Se trata, según observa Ibn Arabi, de un acontecimiento que tuvo lugar en la imaginación (Jayal) de José. Este vio, en su imaginación, a sus hermanos en forma de estrellas, a su padre en forma de sol y a su madre en forma de luna. Muchos años después, ante José, que para entonces se había convertido en un «poderoso príncipe» de Egipto, sus hermanos cayeron prosternados. En ese momento, José se dijo: «Este es el sentido interpretado (ta’wil) de mi sueño de antaño. ¡Mi Señor lo ha hecho realidad!» (XII, 99).

El punto fundamental, según Ibn Arabi, reside en la última frase: «lo ha hecho realidad». Significa: «Dios ha hecho aparecer en el mundo sensible lo que en el pasado se hallaba en forma de imaginación», lo cual implica que la actualización o materialización en forma sensible de cuanto había visto en sueños era, en la interpretación de José, la realización final y máxima de éstos. Creyó que las cosas habían abandonado el terreno del «sueño» y aparecido en el de la «realidad».

Contra eso, Ibn Arabi observa que, respecto al ser sensible, no hay diferencia fundamental alguna entre el «sueño» y la «realidad»; lo que José vio en su sueño era, desde el principio, sensible, ya que «la función de la imaginación consiste ni más ni menos que en producir cosas sensibles (mahsusat)»”.

La postura de Muhammad va más allá. Desde su punto de vista, la siguiente interpretación de lo que ocurrió a José en relación con su sueño es la correcta. Hay que empezar por reconocer que la vida misma es un sueño. En ese gran sueño que es la vida y del que no es consciente el propio José, éste tiene un sueño en particular (las once estrellas, etc.). Despierta de ese sueño en particular, lo que significa que, en su gran sueño, sueña que se despierta. A continuación, interpreta su propio sueño particular (las estrellas = sus hermanos, etc.). En realidad, eso no es más que la continuación de su gran sueño: sueña que interpreta su propio sueño. Años después, el acontecimiento que interpreta de ese modo se realiza como hecho sensible. Por tanto, José cree que su interpretación se ha materializado y que su sueño ha llegado definitivamente a su fin. Cree que se encuentra entonces completamente fuera de su sueño, cuando, en realidad, sigue soñando, si bien no es consciente de ello.

Al-Qashani resume de modo concluyente el contraste entre Muhammad y José:

La diferencia entre Muhammad y José, en lo que a la profundidad de entendimiento se refiere, consiste en lo siguiente: José consideraba las formas sensibles existentes en el mundo externo como «realidad» cuando, en verdad, todas las formas que existen en la imaginación son [también] sensibles sin excepción, ya que la imaginación (jayat) es un tesoro de las cosas sensibles. Cada cosa que existe en la imaginación es una forma sensible, aunque no sea percibida por los sentidos. Muhammad, en cambio, consideraba las cosas sensibles existentes en el mundo externo como productos de la imaginación (jayaliyya), más aún, como imaginación dentro de la imaginación. La razón de ello es que consideraba este nuestro mundo como un sueño, siendo la única «realidad» [en el verdadero sentido de la palabra], según su opinión, lo Absoluto revelándose como es realmente en las formas sensibles, que no son sino distintos lugares de su manifestación. Esta verdad no se entiende sino cuando uno despierta de esta vida, que es sueño de olvido, cuando uno muere para este mundo a través de la aniquilación de sí en Dios.

La idea básica que, como acabamos de observar, constituye el punto de partida del pensamiento ontológico de Ibn Arabi, a saber, que lo que llamamos «realidad» no es más que un sueño, sugiere, por una parte, que el mundo tal como lo experimentamos en condiciones normales no es la Realidad, sino una ilusión, una apariencia, una irrealidad. Pero no significa, por otra parte, que el mundo de las cosas y acontecimientos sensibles no sea más que una absoluta fantasía, una proyección meramente subjetiva de la mente. En la visión de Ibn Arabi, la «realidad» es una ilusión, pero no subjetiva, sino «objetiva»; es decir una irrealidad establecida en una base ontológica firme. Y eso equivale a decir que no es una ilusión en absoluto, por lo menos en el sentido en que se entiende generalmente dicha palabra. [Toshihiko Izutsu, Sonho Realidade]




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