No budismo antigo: «transmigração», à qual estão submetidos todos os seres vivos (sttva), homens, deuses, animais, retornantes esfomeados e danados, e que os obriga a renascer indefinidamente, mudando em geral de tipo de existência, de destino (gati), em função da qualidade boa (kushala) ou má (akushala) de seus atos (karman) passados. A meta do budismo é de pôr um fim a esta transmigração alcançando um estado estável e definitivo, onde não se sofrerá mais nascimento nem morte nem dor (dukha): o nirvana.
No Mahayana, particularmente no Madhyamaka, diz-se que não há a menor diferença entre a transmigração e a extinção (mas não que sejam idênticas). O nirvana é, com efeito, o samsara evacuado; e o samsara, o nirvana ocultado pelo véu das aparências. Samsara e nirvana formam um par enganador, segundo G. Bugault; na verdade só o nirvana é objeto último, meta última e sentido último. (Excertos de Les notions philosophiques).
Pierre Gordon: Imagem do Mundo na Antiguidade
Marco Pallis: Roda da Existência
Ananda Coomaraswamy: Coomaraswamy Evangelho do Budismo
Estamos ahora en mejor posición para comprender la teoría de la peregrinación de las almas en el budismo primitivo. Digo particularmente en el budismo primitivo, porque en la mayor parte del pensamiento pre-budista y en todo el popular, sea brahmánico o budista, la doctrina de la metempsicosis, el pasaje de la vida de una forma a otra en el momento de la muerte, se concibe animísticamente como la transmigración de un alma individual.
Tomemos por ejemplo un texto como la Bhagavad Gita, II, 22:
[...]
Debemos guardarnos, por lo tanto, como dice Buddhagosha, de suponer que la manera de exponer el caso exprese exactamente el hecho. Esto se aplica en el caso del término Samsara, pues este "Peregrinaje" no es para Gautama el peregrinaje de cosa alguna. El budismo no enseña la transmigración de las almas, sino sólo la del carácter, la de la personalidad sin persona.
Muchas son las analogías empleadas por Gautama para demostrar que ninguna cosa transmigra de una vida a otra. El fin de una vida y el comienzo de otra, ciertamente, apenas difieren en esencia del cambio que tiene lugar cuando un joven se hace hombre: esto también es una transmigración, un peregrinaje, una nueva transformación.
Entre los símiles usados más a menudo encontramos especialmente adecuado el de la llama. La vida es una llama, y la transmigración, la nueva transformación, el renacimiento, constituyen la trasmisión de la llama de un combustible compuesto a otro; sólo eso y nada más que eso. Si encendemos una vela con otra, la llama comunicada es una y la misma llama, en el sentido de la continuidad observada, pero la vela no es la misma. Además no podríamos ofrecer una mejor ilustración, si se nos permite tomar un ejemplo moderno, que la de una serie de bolas de billar en contacto; si se hace rodar una bola contra la última de la serie, la que se movía se detendrá bruscamente y se pondrá en movimiento la primera de las estacionadas. Aquí está precisamente la transmigración budista: la primera bola que se movía no pasa, queda atrás y muere; pero es indudablemente el movimiento de esa bola, su impulso, su kamma y no ningún movimiento recién creado el que renace en la bola delantera. La reencarnación budista es la transmisión sin fin de tal impulso a través de una serie interminable de formas; la salvación budista es llegar a comprender que las formas, las bolas de billar, son estructuras compuestas, sujetas al deterioro, y que nada se trasmite salvo un impulso, un vis a tergo, que depende de la acumulación del pasado. Es el carácter de un hombre y no él mismo lo que continúa.
NOTAS: