Filosofia Moderna
¿Qué decir de la intencionalidad que da el presente con ese sentido de dar el presente — de la conciencia del ahora —? ¿No es ella misma — por cuanto escapa a la noche del inconsciente donde no se cumple donación alguna — una impresión? Arrastrada por completo, al igual que la impresión sonora, por la corriente, ¿cómo podría estar en mejores condiciones que ésta de escapar al desvanecimiento universal?
Husserl se ha preguntado por aquello que, en el flujo, escapa al flujo. Se trata, afirma él, de «la forma del flujo». La forma del flujo es la síntesis de tres intencionalidades — protención, conciencia del ahora, retención — que constituyen a una la estructura a priori de todo «flujo» posible. En ella se lleva a cabo el surgimiento de la exterioridad, su exteriorización, el «fuera de sí» que es de manera idéntica el horizonte tridimensional del tiempo y el del mundo: su aparecer. Pero — del mismo modo que el aparecer del mundo, para el que no es más que otro nombre, y por la misma razón —, la forma del flujo es vacía, incapaz de producir su contenido, esta ola de impresiones que desfilan a través de ella — a través del futuro, del presente y del pasado — aunque sin tomar de ella su realidad. Todo lo contrario, al tener que aparecer ante las intencionalidades que componen la estructura formal del flujo, todas estas impresiones son igualmente irreales: las fases futuras o pasadas, que todavía, o ya sólo, son no ser; la fase denominada presente, que sólo es un límite ideal entre dos abismos de nada.
En consecuencia, ¿de dónde viene la impresión, la impresión real, si no lo es ni del futuro ni del pasado y todavía menos de un presente reducido a un punto ideal? Esta dificultad ineludible no escapa a Husserl; suscita en el texto de las Lecciones una inversión extraordinaria: ya no es la conciencia del ahora la que da la impresión real, es la impresión real la que da el ahora. Tal es la grave, así como inesperada, declaración: «[...] un ahora se constituye por una impresión». He aquí otras dos formulaciones igualmente claras: «Hablando con propiedad, el instante presente mismo debe ser definido por la sensación originaria»; «La impresión originaria tiene por contenido lo que significa la palabra ahora, tomada por ello en el sentido más originario». Ya no es una intencionalidad, la conciencia del ahora, la que define el instante presente, es la «impresión originaria» la que contiene la realidad del ahora, o «lo que significa la palabra ahora tomada por ello en el sentido más originario».
Sin embargo, lejos de ser pensado hasta el final, este singular cambio de papeles entre la conciencia del ahora y la impresión es inmediatamente objeto de una alteración. La conciencia intencional del ahora no produce, lo hemos visto, más que la idea del ahora, la significación de ser ahí ahora, de estar presente, la forma vacía del ahora y del presente, sin que haya todavía presente alguno, contenido real alguno en el flujo. A esta conciencia vacía, Husserl le añade bruscamente el contenido real y concreto que le falta: la impresión. ¿De dónde viene? ¿En qué consiste esta venida? ¿ Cuál es su aparecer? Dado que éste último sigue siendo pensado como el «fuera de sí» de la forma del flujo, se le pide a ésta aquello que precisamente es incapaz de proporcionar, a saber, la impresión real que jamás se muestra en ella. Entonces se operan en el texto husserliano una serie de deslizamientos: de la forma vacía del flujo a la confirmación de un contenido que supuestamente se muestra en ella; de dicha confirmación (en sí misma falaz) a la idea de que este contenido ajeno a la forma, externo a ella, no le es sin embargo externo, sino que está vinculado a ella, que de algún modo es resultado de ella, está determinado por ella — incluso si tal determinación no basta para dar cuenta de él de forma plena —. Veamos esta serie de equívocos: «Lo que permanece ante todo es la estructura formal del flujo, la forma del flujo [...] la forma permanente y sin cesar rellenada de nuevo por un «contenido», pero el contenido no es precisamente algo introducido desde el exterior en la forma; está, por el contrario, determinado por la forma de la ley: excepto que esta forma no determina lo concreto por sí sola. La forma consiste en esto, que un ahora se constituya por una impresión [...]». La forma vacía ajena a todo contenido, tan incapaz de crearlo como de hacerlo manifiesto en su realidad, se convierte por un golpe de varita mágica en su propio contenido, la impresión misma: la lleva consigo, le pertenece. Ya no hay lugar alguno para preguntar por la impresión a partir de otra cosa que no sea la forma del flujo — a partir de ella misma y de su venida, de su modo de revelación propio —. El prejuicio griego clausura de nuevo el acontecimiento radical haciéndolo añicos.